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lunes, 6 de agosto de 2012

LA SEGUNDA LEY Barry Longyear


LA SEGUNDA LEY

LA SEGUNDA LEY
Barry Longyear

Cuando subía por los graderíos del sector de espectadores del Gran Circo, lord Ashly
Allenby se detuvo a escuchar cómo un poeta menor de Porse ensayaba su
argumentación. El individuo, regordete y ataviado con una túnica a rayas azules y
grises, se aclaró la gargarita, se irguió, se inclinó saludando y recitó.
Estamos aquí para votar la Segunda Ley,
aunque ignoro bien por qué.
Los horrores del debate, al parecer,
no vale este esfuerzo.
Lord Allenby nos ha convocado aquí,
para rogarle al Noveno que pierda su miedo.
El malvado Décimo no tardará en llegar,
cosa terrible, Si es cierta.
En el momento en que Allenby fruncía el ceño y avanzaba hacía el poeta, sintió que
Disus, su jefe de personal, le tocaba en el brazo. Se volvió y vio cómo el payaso
sacudía la cabeza.
Pero, descendientes de la nove cirense
Ciudad de Baraboo,
he de formuIaros una pregunta:
Hemos vivido aquí libres y con una sola Ley
durante cien años, sin un fallo.
¿Necesitamos otra? ¡Yo digo que no! Y ahora, adiós.
Mientras los escasos oyentes aplaudían. Disus se llevó a Allenby hacia sus asientos. El
embajador tomó asiento de golpe y movió la cabeza.
- ¡Junio, plenilunio, infortunio! - exclamó - Espero que los ejércitos del Décimo
Cuadrante se diviertan con el bufón.
Echó hacia atrás la caperuza de listas negras y escarlatas de su túnica de mago, y se
recodó en el peldaño de piedra del anfiteatro, con los codos apoyados en la grada
superior. Disus se alisó su túnica anaranjada y adoptó una postura similar. Cuando el
embajador del Noveno Cuadrante se hubo calmado un poco, Disus sacó su bolsa.
- Un móvil por tus pensamientos.
Allenby extendió la mano y el payaso dejó caer una moneda de cobre en ella.
- Hallan mi misión excesivamente cómica, y tal vez... - sonrió - ...demasiada seriedad en
mí.
- Tienes que estar orgulloso de muchas cosas, Allenby. Míralos - Disus señaló a las
gradas llenas de masas, jinetes, payasos, representantes, mimos, juglares, monstruos,
acróbatas, mercaderes y artesanos -.Todos son maestros... ¡Mira! Allí está el Gran
Vyson de los representantes de Dofstaffl... ¡Y mira! ¡El Gran Kamera!
Allenby sonrió, sabiendo que Disus, el también un maestro de Payasos, miraba con
adoración al Gran Kamera, maestro de payasos y jefe de la delegación para el Circo de
Tarzak. Sintió saltar su propio corazón cuando reconoció al Gran Fyx, el anciano
maestro de magos, en la delegación. Se inclinó hacia delante, y él y Disus saludaron
cuando la delegación llegó a los asientos de los espectadores.
Kamera saludó a Disus, pero Fyx se apartó de los delegados y le hizo un signo a
Allenby para que se le acercase. Con el corazón palpitante, Allenby pasó por entre las
gradas de espectadores y se detuvo ante el Gran Fyx.
- Allenby, debería haber venido antes, pero los años pesan más que mi magia. ¿Que
me cobras por el viaje?
- Nada, Gran Fyx. Es un honor para mí.
Fyx sonrió con su boca desdentada.
- Baja a la arena. Deseo hablarte en privado.
Allenby saltó el parapeto de piedra y quedó de pie junto al gran mago.
- ¿Qué deseas?
Fyx se le acercó, se llevó su huesuda mano a los labios y susurró:
- Tu truco de las siete cartas. Quiero adquirirlo.
- Me siento muy honrado
- ¿Cuánto?
- Perdona, Gran Fyx - respondió Allenby - pero creo que he perdido el sentido ¿Tú
quieres comprarme un truco? ¡Estoy asombrado!
- Un buen truco es un buen truco, venga de dónde venga. Te vi ejecutarlo en el camino
de Miira.
- Imposible - frunció Allenby el ceño -. Perdona, Gran Fyx, pero te habría reconocido.
No has podido ver ese truco en el camino de Miira.
- Eres un gran mago, AIlenby - carraspeó Fyx, golpeando la arena con el pie -, pero
eres novato. Escucha - Fyx compuso sus facciones, cerró los ojos un segundo y se
cubrió el rostro con la túnica. Cuando la apartó de nuevo, la cara de una joven le
sonreía sensualmente a Allenby - Iría contigo detrás de las dunas Lord Allenby, Ashly...
pero debo preservarme para mi amado...
- ¡Dorna! - exclamó Allenby. Después, sonrió al ver como el Gran Fyx recuperaba su
propio rostro, con sus arrugas que se retorcían cuando reía - ¡Excelente, Fyx! Y es
cierto que he pensado mucho en esa doncella.
- Fuste muy convincente, Allenby, pero me alegro de no haber cedido a tu encanto. ¡Yo
no soy ese estupendo ilusionista!
Los dos magos rieron hasta saltárseles las lagrimas.
- Sí, Gran Fyx, éste es mi precio por el truco de las siete cartas: la verdad acerca de
Dorna. Y tal vez ahora podré soñar en otras cosas.
Allenby sacó una cartera de entre los pliegues de su túnica. Rebuscó entre varios
papeles, escogió uno y se lo entregó al mago. Fyx se lo metió en su propia cartera,
extrajo otro y se lo tendió a Allenby.
- Tu magia es buena, Allenby, pero como comerciante eres muy débil. Toma esto: es
sólo una ilusión menor a cambio del truco.
Allenby aceptó el papel con manos temblorosas.
- Me siento muy honrado. Muchas gracias.
Fyx miró hacia el centro del Circo donde un individuo, ataviado con prendas de color
rojo brillante, daba instrucciones a otros vestidos de blanco.
- El amo del Circo da instrucciones a los cajeros, y debo reunirme con mi delegación.
Allenby se inclinó, el viejo mago saludó y se dirigió cojeando hacia la parte de graderías
que pertenecía a la ciudad de Tarzak.
Allenby examinó el papel que le acababa de dar Fyx. Era la ilusión de éste para una
persona desplazada; una ilusión menor para Fyx, pero que constituiría la pieza maestra
para un mago de menor categoría. Metió el papel en su cartera y trepó por las gradas
hasta donde se hallaba Disus. Al sentarse, sus ojos captaron el vislumbre del verde y
amarillo de una especie de monstruo.
- ¿Es aquél Yehudin, Disus? - inquirió.
Disus volvió la cabeza, protegiéndose los ojos del sol con la mano.
- Sí, es él. Y corre... ¿Habrá aterrizado ya la misión?
Allenby frunció el ceño y los dos se pusieron de pie para recibir a Yehudin. Éste, casi
falto de aliento, se detuvo ante ellos y extendió la mano. Allenby le puso una moneda
en la palma. La piel de la mano de Yehudin, así como del resto de su cuerpo, era
gruesa, estaba segmentada y mostraba un color marrón.
- ¿Qué pasa? - preguntó Allenby.
- Allenby, ha llegado Humphries. Y desea verte al instante.
- ¿Que hace aquí? - Allenby se volvió hacia Disus y dejó caer unas monedas en la
mano del payaso -. Vigila por ahí y ven a mí si me necesitan.
Allenby y Yehudin descendieron por las gradas y dieron la vuelta al Circo hasta llegar a
la entrada de los espectadores. Tras internarse por el túnel tallado en la roca, Allenby
apretó el hombro espinoso de Yehudin.
- ¿Dijo Humphries qué quería?
- No le entendí, Allenby. Pero parecía muy trastornado. - Salieron del helado túnel a una
calle polvorienta, flanqueada por casas y tiendas de una sola planta -. Se mostró muy
desdeñoso hasta que le enseñé las oficinas de la embajada. ¡Entonces empezó a
insultarme!
- Me disculpo en su nombre, Yehudin.
- No eres tú el que debe disculparse.
Allenby asintió y ambos se dirigieron hasta un edificio de dos plantas, construido de
adobe. Encima del portal se leían las palabras: «Embajada del Noveno Cuadrante de la
Federación de Planetas Habitables». De pie en la entrada, Allenby divisó a Bertrum
Humphries, su más próximo subordinado, gordinflón, y resplandeciente con su uniforme
de vice-embajador.
- Soy Allenby.
Humphries miró a Allenby desde su caperuza negra y escarlata a sus sandalias y sus
pies sucios.
- Allenby - rió Humphries, señalando el edificio -, ¿qué significa esto? ¿Espera que me
comporte como un auténtico representante del cuadrante en una..., cuadra? ¿Y por qué
lleva usted un traje tan carnavalesco?
- Primero, Humphries, llámeme lord Allenby o señor embajador - le recriminó Allenby.
Humphries frunció el ceño, luego bajó el brazo y entrecerró los ojos -. Segundo, creo
que usted le debe disculpas a mi secretario.
- ¿Esto... - Humphries blandió un dedo hacia Yehudin - esto es su secretario?
- ¡Esto tiene un nombre, Humphries! Se llama Yehudin, el cocodrilo de los Monstruos de
Tarzak. Su familia es una de las más distinguidas de Momus, y es mi secretario, señor
vice-embajador.
Humphries esbozó una mueca, después se volvió hacia Yehudin y ladeó ligeramente la
cabeza.
- Le ofrezco mis excusas por mis observaciones, señor...
- Yehudin - El hombre cocodrilo sonrió, dejando al descubierto dos hileras de dientes
afiladísimos, y luego extendió la mano con la palma hacia arriba.
Humphries miró a Allenby y luego a la mano extendida.
- Humphries, usted le debe una disculpa. Creo que veinte móviles serán suficientes.
Yehudin asintió.
- ¿Espera seriamente que yo pague a esto..., a esto...?
- Sí, a mi secretario..., y lo espero.
Humphries metió una mano en su bolsillo del pecho y exhibió la cartera. La abrió y sacó
varios billetes.
- ¿A cómo está el cambio?
- Todos los cajeros de Tarzak están en el Circo - repuso Yehudin.
Allenby le cogió algunos billetes a Humphries y le entregó veinte monedas de cobre.
- Éste es el cambio, Humphries.
Humphries cogió las monedas, con una expresión de extrañeza en su rostro, y se las
dio a Yehudin. Éste se las embolsó, sonrió otra vez y, pasando por detrás de
Humphries, abrió la cortina que cerraba la puerta de la embajada.
- ¿Caballeros...?
Ya dentro de la embajada, sentado en uno de los varios almohadones de color bronce
colocados en torno a una mesita baja, Allenby fue dándose cuenta de cómo Humphries
se iba sintiendo más incómodo minuto a minuto. Era obvio que la blusa de cuello alto de
su uniforme le estaba asfixiando. Allenby no tuvo el valor para comunicarle al viceembajador
que cuando se había recostado en la pared de adobe encalado se había
manchado la espalda de su uniforme color medianoche con blanco de cal.
- Oh, Humphries - dijo en cambio -, lamento mucho haber empezado tan mal. Es
importante que nuestras relaciones sean de mutuo respeto y buena colaboración.
- Supongo que habrá actuado al saber la noticia, Lord Allenby.
- ¿Qué noticia?
- ¿Cómo qué noticia? ¡Que Momus todavía no ha autorizado las relaciones con la
Federación del Cuadrante!
- Estas cosas necesitan tiempo, Bertrum..., ¿puedo llamarle Bertrum?
- Ben.
- Muy bien, Ben.
- Lleva usted en este planeta más de dos años, Lord Allenby, y creo que ya ha habido
tiempo suficiente.
Allenby se encogió de hombros y elevó los brazos.
- Primero tuvo que esparcirse la noticia, después vinieron las solicitudes de las
poblaciones, las asambleas, la formación de las delegaciones y el traslado a Tarzak.
Las delegaciones ciudadanas se están reuniendo ahora en el Gran Circo para votar la
Segunda Ley...
- ¿La Segunda ley? - frunció el ceño Humphries -. ¿Ha dicho la Segunda Ley?
Allenby dejó caer los brazos y asintió.
- Sí, Ben. Momus sólo tiene una Ley. La Primera Ley se votó hace más de un siglo, sin
que realmente nadie recuerde por qué se votó.
- ¿Y cuál es la Primera ley?
- Es la ley que permite hacer leyes. Si, es una lástima que desde entonces no hayan
dictado ninguna más. Porque, para dictar otra, primero tiene que reunirse la gente de
una población y solicitar una asamblea general a fin de elegir una delegación...
- Por favor - le interrumpió Humphries levantando una mano. Luego sacudió la cabeza -
¿Es decir que no existe ningún cuerpo político con el que tratar?
- Ha acertado - sonrió Allenby.
- ¡Imposible! Esto va en contra de todas las cláusulas de la aceptada teoría política para
una población de esta densidad... Quiero decir, ¿qué hacen con los impuestos, el
crimen y, por ejemplo, la representación de este planeta en la Federación del Noveno
Cuadrante?
Allenby tabaleó sobre la mesa y estudió al vice-embajador.
- Respecto a los impuestos, Ben - repuso con un suspiro -, todo el mundo paga por lo
que usa según el grado en que lo usa.
- Y por lo visto no existe la criminalidad - rezongó Humphries.
- Poca, aunque existe. Si uno roba o estafa, hay que indemnizar a la víctima o sufrir el
exilio. En caso de homicidio, sólo hay el exilio.
- ¿Exilio de dónde o de qué?
- Exilio de la compañía de las personas honradas. Los exiliados son marcados y
enviados al desierto. Nadie les da nada ni les vende charla, descanso, comida o
consuelos.
- ¿Y quiénes juzgan?
- El pueblo..., Ben, ¿no ha estado jamás en un circo?
- ¿Un circo? - Humphries se quedó boquiabierto.
- Sí
- Bueno, de niño, por televisión...
- Es una sociedad muy unida, Ben, apegada a sus costumbres y tradiciones. Y la
naturaleza de estas costumbres y tradiciones es la causa de que Momus sólo posea
una Ley, y que probablemente hubiese podido sobrevivir sin ella.
- Excepto por una cosa, lord Allenby: el Décimo Cuadrante.
- Cierto - asintió Allenby.
- Lo cual nos lleva de nuevo a la pregunta de lo que ha hecho usted durante estos dos
años.
- Ben, tuve que apoderarme de una nave transbordadora para llegar hasta aquí y
cuando aterricé sólo llevaba una capa. Primero tuve que llamar la atención de la gente y
después conseguir su respeto.
- ¿Respeto? ¡Usted es un embajador de primer rango!
- La política y la diplomacia - se encogió de hombros Allenby -, no se reconocen aquí
como ocupaciones legítimas...
- ¿Legítimas? Supongo que consiguió el respeto vistiendo esas ropas ridículas...
- Me gané los colores de Mago, Ben, y a decir verdad, son unas ropas mas confortables
que la chaqueta que lleva usted.
- ¡Dios mío, vaya pantalones! ¿Lleva algo más debajo?
- No, Ben, en absoluto. Aparte de lo indispensable - Sonrió Allenby.
- Lord Allenby, esta broma es de un gusto pésimo - gruñó Humphries.
- Pues Disus afirma que es un chiste bueno, y me costó diez monedas de cobre.
- ¿Disus?
- Mi jefe de personal.
- Supongo que es un comediante.
- No, un payaso.
- ¿Y así se la ganado usted el respeto de este pueblo?
- Puedo demostrarlo - Allenby rebuscó en sus bolsillos y exhibió su cartera. Extrajo de
ella un papel que dejó sobre la mesa, delante de Humphries -. El Gran Fyx, el más
honorable de los magos de Momus, me dio esto a cambio de mi truco de las siete
cartas. Esta ilusión de la persona desplazada.
- ¿Puedo hablar con franqueza. lord Allenby? - preguntó Humphries, con el ceño
fruncido.
- Adelante.
Allenby volvió a meter el papel en su cartera y ésta en su túnica.
- Antes de abandonar el sistema solar, Bensonhurst, el secretario de Estado del
Cuadrante...
- Le conozco.
- Por lo visto, también él le conoce a usted.
- Vamos, desembuche.
- El secretario me manifestó que a usted lo eligieron embajador en Momus a causa de
sus tácticas diplomáticas poco ortodoxas... - Humphries hizo un gesto como abarcando
todo el planeta -. Y ya tengo algunos indicios del por qué. Pero esto... - bajó las manos
hasta sus rodillas -, esto es lastimoso.
- Algo parecido me dijo el Gran Fyx, más él puede decirlo como superior mío que es.
Como superior de usted, será mejor que me de una explicación.
- ¿Una explicación? La misión diplomática lleva diez días en órbita alrededor de
Momus, y la misión militar llegará dentro de otras tres semanas. Y aquí está usted, con
un albornoz, viviendo en una cabaña de barro, y glorificándose por un nuevo truco...
- Una ilusión.
- Bien, ilusión. ¡De todos modos, está usted jugando a magias con un monstruo y un
payaso, mientras aún no ha quedado satisfecha la legalidad de las misiones diplomática
y militar.
- Creo que ya está bien de franqueza por hoy, Humphries
- Pues aún tiene que enterarse de otra cosa.
- ¿De qué se trata?
- He de informar directamente al secretario.
Allenby asintió. No había esperado otra cosa.
- ¿Qué sabe usted de Momus?
- Me dieron unas lecciones, claro.
- No le pregunto esto.
- Está bien. Hace ciento setenta unidades anuales terrestres, el circo espacial City of
Baraboo, en ruta al primer sistema de su circuito por los planetas del Décimo
Cuadrante, estableció una órbita en torno a Momus debido a dificultades de los
motores. Su órbita, debido a las mismas dificultades, era irregular, y sólo permitió a los
titiriteros y parle del ganado...
- Animales.
- Perdón. Parte de los animales a huir en naves salvavidas antes de que la nave y la
tripulación ardieran en la atmósfera.
- ¿Y...?
- Creo que esto es todo, salvo los datos astrofísicos. Las coordinadas del Cuadrante y
otros factores
- O sea que usted apenas sabe nada de Momus.
- Por lo que veo, Lord Allenby, Momus está a dos pasos de sociedad muy primitiva.
Mi..., nuestro primordial interés es contrarrestar las ambiciones territoriales del Décimo
Cuadrante. Estoy seguro de que nosotros y el general Kahn podemos llevar a cabo esta
misión sin tener que mezclarnos para nada con una pandilla de titiriteros pintarrajeados.
- ¡Titiriteros! - exclamó Allenby sin cambiar de expresión. Luego, se ajustó la túnica y se
inclinó hacia el vice-embajador -. Humphries, viejo amigo...
- ¿Sí?
- ¿Ve esta marca negra entre los ojos?
El vice-embajador se inclinó a su vez y casi bizqueó sus ojos.
- Hummm..., sí. ¿A qué se debe?
- Siga mirándola. Ahora, coloque las palmas de sus manos sobre la mesa.
Humphries colocó las manos planas sobre la mesa, con gesto lento, Allenby sonrió a
medida que las manos de Humphries se iban calentando cada vez más.
- ¿Qué diablos pasa aquí?
- Bien, Humphries, baje la vista. Mire la mesa.
Humphries obedeció, atemorizado. Al instante siguiente, soltó un chillido y trató de
liberar sus manos. Allenby sabía que el otro se veía a sí mismo gritando en un pozo
insondable de llamas y azufre, con la piel chamuscada, asándose hasta los huesos.
También él había sufrido el mismo efecto, y por esto le había pagado a Norman dos mil
móviles por la ilusión. Sintióse casi feliz por la llegada de Humphries. Nunca había
odiado tanto a un ser humano. Allenby dio dos palmadas y Humphries cayó de bruces
sobre la mesa.
- ¡Dios mío! ¡Dios...!
- Humphries, viejo amigo..
- Allenby..., ¿qué ha pasado?
- Es un truco menor, una ilusión llamada «visiones del infierno». ¿Le ha gustado?
- ¡Dios mío, Allenby!
El vice-embajador se incorporó, se desabrochó el cuello de su chaqueta de uniforme y
se secó el sudor del rostro.
- Momus no es una colonia de titiriteros, Bert. Y le haría mucho bien a usted, por otra
parte, conocer algunos trucos. Como dije, ésta es sólo una ilusión menor - Allenby
volvióse hacia la puerta -. ¡Yehudin!
El hombre cocodrilo entró y se cuadró junto a la mesa.
- ¿Por fin has probado la ilusión infernal?
- Sí, Yehudin. Por favor, ayuda al vice-embajador a llegar a su trasbordador.
Yehudin ayudó a Humphries a levantarse y se embolsó las monedas que Allenby arrojó
sobre la mesa.
- Humphries...
- ¿Sí?
- No volverá al planeta sin mi permiso. Y esto se aplica también a todo el personal de la
misión ¿Está claro?
- Sí.
Allenby hizo un gesto con la mano y el hombre cocodrilo condujo al tembloroso
diplomático hacia fuera. Durante largo tiempo, Allenby permaneció sentado, tabaleando
sobre la mesa. Comprendía la actitud de Humphries. Aunque considerándolo un poco
falto de ortodoxia por parte del cuerpo diplomático del Cuadrante, Allenby había servido
en él la mayor parte de su vida y conocía y respetaba las costumbres y tradiciones del
mismo, fundadas sobre siglos de experiencia diplomática. Sonrió al recordar su primer
encuentro con un habitante de Momus, y luego frunció el entrecejo al evocar la
detestable declaración de Humphries respecto a Bensonhurst. Desde el primer
momento, el secretario había dado a entender que echar del cuerpo diplomático a
Allenby era uno de los grandes objetivos de su existencia. De pronto, Allenby sacó de
entre los pliegues de su túnica el comunicador de bolsillo que le había entregado la
partida de aterrizaje, al iniciar su misión. Sabía que aquel aparato de radio era el único
que parecía amenazador en todo el planeta, aunque ignoraba cómo y porqué. Pulsó el
botón de llamada.
- Nave EIite del Cuadrante. Comunicaciones. - carraspeó la cajita del tamaño de la
palma de la mano, con la magia de otros tiempos.
- Aquí Allenby.
- Si, señor embajador. ¿Qué se le ofrece?
- Deseo hablar con el comandante de la misión militar.
- ¿El general Kahn? Un momento, por favor, señor embajador - la cajita calló unos
instantes y luego volvió a la vida con otra voz mas poderosa -. Lord Allenby, soy el
general Kahn.
- General, necesito cierta información.
- De acuerdo, Lord Allenby.
- ¿Está completo el plan de defensa y ocupación de Momus, general?
- Si.
- Deseo verlo..., aquí.
- ¿Ya sabe, lord Allenby, que todo está en fichas de memoria?
- ¿Representa esto un problema?
- Todos nuestros lectores, es decir, los aparatos de lectura están con el contingente
militar. Lo único que tenemos en la Elite son las computadoras de la nave y una unidad
de mando de campaña. Los transbordadores de la Elite no están equipados para los
aparatos de lectura. No se trata del peso, sino del tamaño.
- General, no me importa que tenga que abrir un transbordador nuevo en torno al lector.
- De acuerdo, señor. ¿Para cuándo lo quiere?
- ¿Cuándo puede llegar aquí sin demora alguna?
- ¿Sin demora alguna?
- Sin demora. Cierro.
Allenby se alisó la túnica, se puso de pie y se acercó a la ventana abierta para
contemplar la polvorienta callejuela.
- ¡Eh, pregonero! - gritó, al divisar la figura con la túnica a rayas rojas y purpúreas de un
pregonero.
El aludido cruzó la calle y se detuvo bajo la ventana, con la mano extendida. Allenby
dejó caer una moneda en ella.
- ¿Qué se te ofrece, mago?
- ¿Puedes ir en busca de Tayla, la adivinadora?
- Cobrará caro.
- Pagaré lo que pida, y doscientos cobres para tí si la traes antes de una hora.
El pregonero desapareció calle abajo, antes de que el polvo de su primer paso se
hubiera asentado otra vez.
Aquella tarde, en el desierto al oeste de Tarzak, Allenby estuvo dentro del
transbordador y se preguntó qué magia habría usado Khan para meter el enorme lector
holográfico por la diminuta portilla del aparato. La esfera, que representaba a Momus
bajo un ataque de las fuerzas del Décimo Cuadrante, apenas dejaba espacio libre en el
techo. Tayla tomó asiento ante la esfera, en tanto sus negros ojos absorbían cada
detalle de la imaginaria batalla. El general Kahn, todavía dudoso de las dotes
adivinatorias de Tayla, se colocó entre ella y el operador del aparato lector.
La adivinadora se pasó sus arrugadas manos por los ojos y después sobre la esfera, y
finalmente se echó hacia atrás su capuchón celeste y miró al general.
- Kahn, ordene que el planeta se vea más grande.
Kahn le hizo una seña al operador, el cual pulsó un botón. La esfera quedó llena con el
planeta, con sus desiertos, sus selvas, sus océanos y sus ciudades, todo ello lleno de
vida.
- Muéstreme las instalaciones, Kahn, y esta vez explíqueme cómo funcionan.
Khan señaló una pantalla situada sobre la consola, bajo la esfera.
- Ahí aparecerá todo lo que usted desee saber sobre las bases.
Tayla miró a Allenby con vacilación.
- Tayla es una adivinadora, general, y no sabe leer. Hágalo usted por ella.
Kahn volvió a hacerle una seña al operador y la esfera se oscureció, salvo unos puntitos
que conservaron un color terroso, amarillo-rojizo, verde-castaño.
- Dame la base de Tarzak.
Desaparecieron todos los puntitos excepto uno que se amplió hasta ocupar toda una
cara de las esfera de Tayla. El general se aclaró la garganta.
- Ésta es la base de Tarzak, la primera y la mayor. Servirá primordialmente como
cuartel general de la misión militar y para alojar al personal que no esté en órbita y a
sus familias.
- ¿Cuántos? - preguntó Tayla, levantando una mano.
- ¿Cuántos..., qué?
- Soldados y demás.
Kahn alargó una mano y pidió la respuesta a la consola.
- El total del personal civil y militar será de doscientos veinte mil.
Tayla asintió.
- Otra base, general.
El general y la adivinadora repasaron todas las instalaciones militares del Cuadrante,
desde la base de entrenamiento de combate localizada en el Gran Desierto hasta los
sistemas de Satélites defensivos en órbita. La vieja adivinadora examinó de este modo
las bases de lucha orbitales y planetarias, los almacenes de víveres, los comisariados y
las instalaciones del correo, los materiales en crudo y las dependencias pedagógicas,
sanitarias y recreativas. Cuando terminó toda la serie, Tayla cerró los ojos e inclinó la
cabeza.
- Apague esto, Kahn.
El general miró al operador, y la esfera se tornó transparente y sin vida. Allenby se
acercó a Tayla y le oprimió un brazo.
- ¿Te encuentras bien, Gran Tayla?
Ella levantó la cabeza, mostrando sus fatigados ojos.
- He visto tales cosas en la bola de cristal, Allenby..., tales cosas... - sacudió la cabeza -
Tardaré algún tiempo, pues debo consultar a mi pobre bola - miró hacia el aparato lector
-. Ah, daría una fortuna por poseer esta bola, aunque - sacudió de nuevo la cabeza -
forme parte del problema.
Extrajo una pequeña bola de cristal de entre los pliegues de su ropón y la sostuvo de
manera que captase el rayo de una luz de Servicio de la consola del lector. Al cabo de
unos segundos, la adivinadora empezó a respirar pausadamente, mientras contemplaba
la esfera fijamente.
El general Kahn golpeó el hombro del operador del lector y lo condujo hacia la carlinga
del transbordador. Quedamente, el soldado abandonó el compartimiento. Kahn se
apartó del aparato lector, cogió a Allenby por el codo y lo llevó al fondo de la zona de
pasaje.
- Lord Allenby, para obedecer sus órdenes me he saltado alegremente medio volumen
de los reglamentos del Cuadrante, pero esto de la bola de cristal es demasiado. ¿Qué
puede ver esa mujer en su bola que no haya visto en el lector?
- En su bola no ve nada, Kahn - replicó Allenby -. Emplea la luz de la bola para
concentrar sus ideas. Ahora, su mente trabaja a toda marcha, organizando asociando y
abstactando todo lo que ella sabe, incluyendo la información obtenida por el lector.
Toma esta información, la sospesa y saca sus propias conclusiones.
- Pero se trata de una adivinadora... - Kahn frunció el ceño.
- Tiene otro nombre: previsora por estadísticas...
- Pero a bordo de la nave tenemos el equipo necesario para efectuar proyecciones
sociológicas, y hay científicos altamente adiestrados que pueden interpretar y
comprobar las informaciones. Y lo único que tenemos aquí es la palabra de una anciana.
- No, Kahn. Tenemos la palabra de la Gran Tayla, la mejor adivinadora de Momus. Más
aún, porque ella posee unas cualidades de las que carece su equipo, general.
- ¿Como cuales?
- Sentido común, sentimientos, y un corazón sintonizado con los intereses de Momus y
su población.
Tayla levantó la cabeza, se puso de pie y dejó que la bola se rompiese sobre la mesa.
- ¡Allenby!
Éste se apresuró a su lado y la cogió del brazo al ver que empezaba a tambalearse.
- ¿Qué sucede, Tayla?
- Nos destruirán. Hay que mantenerles alejados. Los soldados no deben venir a nuestro
planeta.
Aquella noche, con la calle que se veía desde la ventana de la habitación de Allenby,
helada y tranquila. Allenby y Kahn estuvieron sentados en la oscuridad, bebiendo vino.
Yehudin había acompañado a Tayla hasta su hogar, había vuelto y les había deseado
una buena noche. AIlenby, con su bolsa bastante aligerada a causa de los sucesos del
día, dejó su copa y miró a Kahn. En la oscuridad, el general se parecía a un oso
inclinado sobre la mesa y sorbiendo su la copa.
- ¿Y bien, general?
La oscura figura asintió con lentitud.
- Lo que dice esa anciana adivinadora es cierto, Allenby. Ya lo vi antes, en el Markab
VIII.
- Entonces, ¿qué le trastorna?
- Lo vi antes, mas jamás pensé en ello. Siempre ha sido un mal necesario de la
Ocupación militar - Kahn vació su copa y volvió a llenarla -. Llegan las tropas, los
créditos empiezan a circular profusamente, la economía sufre un súbito aumento en
sueldos y ventas, y casi al momento las bases están repletas de prostitutas, tabernas y
garitos. Después, ya es sólo cuestión de tiempo que la criminalidad llegue al punto en
que la única respuesta sea un hombre a caballo - Kahn vació nuevamente su copa -.
Entonces, entran en acción los mandos militares y establecen un gobierno. Sí, la
importancia de la misión militar que debe ocupar Momus atraerá el comercio del resto
del Cuadrante.
- Lo que significa más gente, más basura, más crímenes...
- Y más gobierno - Kahn sacudió la cabeza -. Bien, no debe preocuparme tanto. Ya lo
he visto antes. Pero esa anciana..., lo que ha descrito es la muerte de toda una
población. Ha descrito su propia muerte.
- ¿Qué sería peor, Kahn: esto o que el Décimo Cuadrante ocupara Momus?
- No hay elección. Depende de que uno desee morir lentamente o deprisa - Kahn llenó
su copa con exceso y derramó unas gotas de vino sobre la mesa -. Lo siento.
- No importa.
El general bebió apresuradamente y dejó la copa en la mesa.
- Bien, no es misión nuestra freír este pescado, ¿verdad?
- ¿Cómo?
- Como ya habrá indicado el vice-embajador Humphries, todos nosotros trabajamos
para el Cuadrante. No se trata sólo de impedir que el Décimo Cuadrante ocupe Momus.
Hay mucho más en juego. El Décimo Cuadrante ha puesto en pie una armada que
supera a todas las de la Galaxia, y están dispuestos a usarla. Si pueden conquistar
planetas sin luchar, estupendo. Pero tampoco les asusta el combate. En realidad, ya
hemos tenido algunas escaramuzas con ellos.
- No sabía nada de esto.
- Ni nuestro Cuadrante ni el Décimo lo admiten, pues una sola mención oficial
significaría la guerra. Se limitan a ir lo más lejos posible sin perder naves y vidas. Lo
que desean es este Cuadrante, y si nosotros preferimos defender los intereses de
Momus contra los de todo el Cuadrante...
- Entonces, sacrificamos al peón.
- Ahora ha hablado como un verdadero diplomático - Kahn arrojó su copa al suelo -.
¡Diablo, estoy borracho!
- ¿Y qué hay de la solución de Tayla?
- ¿La adivinadora? - Kahn movió la cabeza de lado a lado - Imposible. La única forma
de mantenerlos apartados del planeta sería poner en órbita a toda la misión militar. Y
aun así, necesitaríamos poseer la fuerza y el material.
- La fuerza y el material podrían conseguirse con un mínimo de contacto, ¿no?
- Supongo que sí. Pero aquí está la cosa. El gasto de mantener a la misión en órbita...
El secretario jamás lo avalaría. Es prohibitivo.
- ¿Éste es todo el dilema? ¿El gasto?
- Técnicamente podría hacerse.
- Bien, Kahn - rió Allenby -. Momus pagará su propia defensa.
- ¿Qué?
- Si no la pagan, la población de Momus pensará que su defensa no vale nada. Habrá
un intenso regateo, pero Momus pagará por mantener la misión en órbita. ¿Cuánto
tiempo tardará usted en trazar un plan?
- ¿Sin que importe el coste? - Allenby rió y asintió. Kahn meditó unos instantes -.
Cuando me haya serenado, unas tres o cuatro horas Todo está en la computadora. Lo
único que hemos de hacer es alterar los datos.
- ¿Mañana al mediodía?
- No. Tardaré una hora en llegar a la nave, y algo mas en izar hasta ella el lector. ¿Y si
lo hiciésemos aquí, en el planeta? Puedo utilizar el transbordador y meter el lector en
las computadoras de la nave. Estaría antes de mediodía.
- De acuerdo. Que sea de este modo.
- Bien, ¿dónde duermo?
- Junte unos almohadones en el suelo y tiéndase encima.
Kahn dio unas vueltas por la habitación, y luego se dejó caer sobre los almohadones.
Unos segundos más tarde, respiraba ya pausadamente, prometiendo roncar. Disus se
levantó de su oscuro rincón y dejó unas monedas sobre la mesa.
- Un viaje a través de una mente ajena..., excelente, Allenby. La ilusión de la persona
desplazada vale diez veces su precio.
- Me sorprende haber movido bien mis piezas al primer intento. Fyx jamás se ganará la
vida como escriba.
- Cuando sentí la aproximación del aura, intuí que él no habría observado que no había
consumido mucha parte de tu savia.
- Conseguiré la adecuada combinación con la práctica - afirmó Allenby - ¿Y respecto a
lo que te pregunté?
- Kahn es un hombre honrado, Allenby. Intentará cuanto pueda.
Allenby colocó sus almohadones y se tumbó encima
- Disus, he de descansar. Quiero estar temprano en el Circo.
Disus asintió y dio media vuelta, dispuesto a marcharse.
- Mañana te necesitaremos. Hablará el Gran Kamera y se opondrá a la Segunda ley.
A la mañana siguiente, muy temprano, calentando el sol sólo el borde superior del muro
occidental del anfiteatro, Allenby contemplaba ya cómo los representantes de Boosthit
de Farransetti y su aprendiz relataban una vez más las noticias que Allenby había
llevado a Momus. El aprendiz interpretaba el papel de Allenby, y por haber presenciado
ya antes la misma representación, se perdía el factor sorpresa. Pero la representación
era buena y conseguía muchas monedas. Cuando los dos representantes se inclinaron
delante de Allenby, sentado en el sector de los espectadores, los cajeros de túnica
blanca cogieron las bandejas del dinero y se estacionaron entre los delegados. El amo
del Circo tocó el silbato y la cháchara de los delegados bajó de tono. Un cajero salió de
entre la delegación de Tarzak, anduvo hasta el centro del Circo y le entregó al amo un
papelito. Después de tocar de nuevo el silbato, el amo del truco se dirigió a las
graderías.
- ¡Damas y caballeros! ¡El Gran Fyx de la delegación de Tarzak hablará para el Gran
Circo!
Los cajeros se movían entre los delegados, cobrando de aquellos que escucharían a
Fyx, y haciendo salir a los que no deseaban oír el discurso. Cuando terminaron, los
cajeros se agruparon al borde del Circo y presentaron sus cobros al cajero mayor,
quien. a su vez, se los ofreció a Fyx. El anciano mago aceptó sus móviles, se puso de
pie y pasó el centro del Circo. Levantando las manos, hizo aparecer una bola de llamas
anaranjadas por encima de su cabeza, que después se convirtió en un humo negro que
lentamente se disolvió en el aire.
- Un grano de arena - empezó Fyx. señalando el humo - es a una montaña como estas
volutas de humo son a la guerra.
Los delegados aplaudieron esta primera frase del mago, y Allenby, por su parte,
aplaudió más que nadie. Era un truco viejo, pero captaba la atención. La multitud volvió
a aquietarse, y Fyx bajó las manos y miró a los delegados de las gradas.
- Ya hemos oído a los representantes de Boosthit de Farransetti contar las noticias que
Allenby trajo a Momus. Y hemos oído los malvados planes de la Federación del Décimo
Cuadrante. Controlarían nuestro planeta con o sin nuestro consentimiento. Con nuestro
consentimiento seríamos esclavos; sin nuestro consentimiento... - Fyx indicó la
nubecilla de humo - nos atacarían con terribles armas y se apoderarían de cuanto
quisieran - volvió a bajar la mano -. Al protegernos, el Noveno Cuadrante nos ahorraría
tal elección, más no podemos conseguir su protección sin dar nuestro consentimiento.
El anciano mago señaló a la delegación de Tarzak y un aprendiz salió de las graderías
llevando un cayado de puño curvo. Se lo entregó a Fyx y regresó a su sitio. El mago se
apoyó en el cayado con ambas manos. Inclinó su cabeza por un instante y prosiguió su
perorata.
- La Segunda ley debe, en primer lugar, pedirle a la Federación del Noveno Cuadrante
que actúe en defensa nuestra. Segundo, debe crear el medio de representar a Momus
como un planeta completo que planee y forme la naturaleza de tal defensa,
conjuntamente con los oficiales del Noveno Cuadrante - levantó más la cabeza y el
cayado por encima de aquélla -. Henos de hacer esto. ¡Y recordad lo que nos aguarda
en caso contrario!
En aquel momento, la parte del circo donde estaba Fyx se llenó de un humo blanco,
muy denso. Cuando se despejó, el viejo mago estaba sentado otra vez con la
delegación de Tarzak.
Mientras todos aplaudían, Allenby divisó a Disus trepando por las gradas en su
dirección.
- ¿Me he perdido la actuación del Gran Kamera, Allenby?
- No. Fyx estuvo bastante bien, pero no veo a Kamera con su delegación.
Disus se sentó y se frotó las manos.
- Es el mejor payaso de Momus, Allenby. Por tanto, tiene que hacer su entrada.
- ¿Y qué hay de Kahn? - Disus pareció confuso un instante y después asintió con el
gesto.
- Asegura que tendrá trazado el plan cuando el sol caliente el Circo.
Extendió la mano y aceptó las monedas. Tras embolsarlas, dirigió su atención hacia la
entrada norte del Circo. Un cajero entró por allí y corrió hacia el amo del Circo, a quien
entregó un papel.
- ¡Damas y caballeros, el Gran Kamera hablará al Gran Circo de Tarzak!
Los cajeros se apresuraron a efectuar los cobros, y el cajero mayor hizo que un
aprendiz le ayudase a llevar el dinero al Gran Kamera, pues muchos habían pagado por
verle actuar. El cajero mayor y el aprendiz se perdieron en la oscuridad de la entrada
norte y luego volvieron al Circo tratando de ahogar sus risas al ocupar de nuevo sus
sitios respectivos.
Allenby tendió la mirada por las gradas y la detuvo en Disus. Todo el gentío, excepto él,
miraba hacia la entrada norte, disponiéndose a reír como tontos. Al volver la vista a
dicha entrada, Allenby trató de ahuyentar su aprensión. Pero volvió a experimentarla
cuando un lastimoso sonido de «¡skiugi, skiugi!» resonó en la entrada, provocando un
alud de carcajadas. Cuando éstas empezaron a calmarse, una máscara de papel liso
surgió a la luz, miró a derecha e izquierda, y después al frente, de manera que todo el
mundo, menos los que estaban detrás de la entrada, pudieran verla. Allenby se
estremeció al oír las carcajadas causadas por la máscara, y también ante ésta. Con
unos ojos azules, anormalmente grandes y anchos, unas mejillas sonrosadas y una
boca en forma de O, era la cara de un chiquillo asombrado, y al mismo tiempo una
grotesca imitación del rostro de Allenby.
Con el sonido de «¡skiugi, skiugi!» la figura penetró en el Circo.
El sonido, causado por unos enormes pies postizos, pronto quedó ahogado por las risas
y los aplausos de la multitud. El payaso, sosteniendo la máscara ante su rostro, llevaba
una túnica de mago en su lado derecho y una túnica de representante en el izquierdo.
Los extremos sueltos estaban anudados en torno a su cuerpo, sujetos por un cinturón
del que colgaba una gran variedad de objetos. Cuando llegó casi al centro del Circo,
Kamera se detuvo y levantó la mano libre pidiendo silencio, con la manga floja sobre su
mano. Inmediatamente, el extremo de la manga empezó a echar humo, y los intentos
de Kamera para apagar el fuego con sus enormes pies no tardaron en provocar la risa
en Allenby.
Una vez aparentemente apagado el fuego, Kamera volvió a levantar su brazo libre,
siempre con la mano sobre su mano. El Payaso volvió la máscara y el rostro hacia el
brazo levantado, y la muchedumbre calló cuando el brazo cubierto con la manga
empezó a temblar. Al cabo de un momento, el brazo se alargó más que la manga,
dejando al descubierto el puño. El brazo dejó de temblar y el payaso pareció
acobardarse al contemplar cómo se le abría el puño. Ya con los dedos bien extendidos,
Kamera se volvió y mostró su mano abierta a todos los espectadores de las gradas.
- ¡Damas y caballeros, os doy la ilusión de la Mano Renacida! ¡Ta, ta, taaa!
Allenby frunció el ceño y se volvió hacia Disus.
- ¡Está yendo demasiado lejos! ¡Me gustaría enseñarle la ilusión del payaso frito!
Ya muerto de risa, cuando oyó a Allenby, Disus se dobló sobre sí y cayó rodando por
las gradas. Allenby, sin prestarle mucha atención, miró a Kamera, que de nuevo
intentaba aquietar su mano.
- Os hablo, damas y caballeros, como Allenby, el mago... - Kamera miró la manga negra
que era la derecha de su vestidura -. No, ésta es una manga de representante.
Entonces, os hablo como Allenby, el representante... - de pronto, el payaso miró su otra
manga, a rayas negras y rojas - ¡Ah, ahora soy un mago! ¿Cómo podría deslumbraros
con mi magia? - Hizo una pausa -. Pero, si no soy un representante de noticias, ¿cómo
podré daros las noticias del ofrecimiento del Noveno Cuadrante?
Volvió a mirar su manga izquierda. Se sobresaltó a su vista, se llevó una mano al
cinturón y cogió una cinta. Usándola para asegurar la máscara al rostro, extendió
ambos brazos al frente. Primero se miró una manga y luego la otra. Dejó caer los
brazos al costado y sacudió tristemente la cabeza.
- Dejémoslo por el momento - extendió ambos brazos -. De todos modos os hablaré
como el Allenby de la ciudad de..., de la ciudad de... Vaya, tampoco me acuerdo de esto
- se volvió hacia la delegación de Tarzak -. Yo vivo en Tarzak, pero ¿he sido aceptado
alguna vez por la población?
- ¡No! - grito un sacerdote ataviado de negro y diamante blanco levantándose entre los
delegados.
Kamera se volvió de espaldas a la delegación de Tarzak y meneo la cabeza. Entonces,
empezó a pasearse trazando un pequeño círculo, mientras con los pies hacía «¡skiugi!
¡skiugi!». Tendió las manos adelante y dio la vuelta al Circo.
- ¿Soy acaso de Kuumic?
- ¡No! - repitió el sacerdote de la delegación de Kuumic.
(«Skiugi; skiugi.»)
- ¿Soy de la ciudad de Miira?
- ¡No!
El payaso fue de delegación en delegación, meneando la cabeza, rascándosela,
frotándose la barbilla y tirándose de la nariz sin cesar. Al fin, se detuvo cerca del centro
del Circo y se encogió de hombros.
- No importa, ya me acordaré - levantó la mano derecha y señaló a la multitud -. Al
menos, os hablo como Allenby. ¡De esto si estoy seguro! - Dejó caer la mano y volvió a
rascarse la cabeza. Completamente seguro.
Allenby señaló a Kamera y se volvió hacía Disus.
- ¿Acaso no acabará nunca? ¡Me está matando aquí mismo!
Disus, con sus mejillas bañadas por las lágrimas, sólo logró asentir y absorber una
bocanada de aire. Allenby miró a la delegación de Tarzak, y a Fyx que estudiaba
atentamente a Kamera.
El payaso levantó de nuevo las manos.
- Ya me acuerdo. Yo soy Allenby - cuando los gritos de la multitud se acallaron, Kamera
bajó las manos y dio una palmada -. Soy un embajador, esto también lo recuerdo. Soy
de la Federación del Noveno Cuadrante de los Planetas Habitables, y tengo un plan. Mi
plan es lograr que vosotros representáis a Momus ante el Noveno Cuadrante, eligiendo
a un payaso para este servicio.
- ¡No! - gritaron los delegados, la mayoría de los cuales no eran payasos.
Kamera se rascó la cabeza.
- Al menos, creí que éste era el plan..., ¿tal vez un mago?
- ¡No!
El payaso sacudió la cabeza.
- Ya veo que no era éste el plan - Tal vez una ciudad. Una ciudad posee todos los
comercios, y Tarzak es la ciudad más poblada. ¿Representará Tarzak a todas las
ciudades? ¿Era éste mi plan?
- ¡No! - gritaron los delegados, la mayor parte de los cuales no eran de Tarzak.
- Ya veo que no es éste mi plan - asintió Kamera -. Y estaba seguro de tener uno... - El
payaso se enderezó muy erguido y adoptó la postura de Eureka, con un dedo al aire -.
¡Ya me acuerdo! Este Gran Circo representa a todas las ciudades y a todos los
comercios de Momus. Mi plan es reteneros aquí por el resto de vuestra vida, aquí, en el
Gran Circo, para que representáis a Momus ante el Noveno Cuadrante.
- ¡No!
Kamera abatió sus hombros y meneé la cabeza.
- No, de acuerdo - se enderezó ligeramente, y empezó a dirigirse a la entrada norte
(«¡skiugi, skiugi!») -. Por un momento me pareció claro que... que tal vez tuviera otro
plan en mi cesto («¡skiugi, skiugi!»).
Se detuvo en la salida, se quitó la máscara y saludó.
A Allenby le pareció oír cómo se estremecían las piedras del Oran Circo bajo los
aplausos.
Cuando éstos cesaron, Allenby se volvió hacia Disus. El payaso se estaba secando las
lágrimas con la manga de su túnica color naranja.
- ¿Bien, Disus?
Disus miró a Allenby y estalló en una carcajada. Otros miraron en su dirección, y pronto
todo el sector de espectadores estuvo riendo alocadamente.
- Perdona, Allenby..., - el payaso dejó caer unas monedas en la mano del embajador -.
¿Cuál era tu pregunta?
- Los aplausos... ¿han sido por la representación o por la posición adoptada?
- Por ambas cosas - repuso Disus, dejando de reír -. Él no se opone a que el Noveno
Cuadrante defienda a Momus, por lo cual somos muy afortunados. Mas, en tu calidad
de embajador del Noveno, Allenby, ¿con quién has de tratar? Esto es a lo que has de
responder.
Allenby volvióse hacia el frente y murmuró:
- Yo no he de responder a esa pregunta, Disus.
- Cierto. Momus debe escoger su propio camino - Disus señaló al Circo -. Mas creo que
tu pregunta se aproxima ya.
Un cajero salió de entre la delegación de Tarzak y le entregó otro papel al amo del
Circo. Allenby miró a aquella delegación y vio a una figura ataviada como adivinadora
que se disponía a levantarse.
- ¡Tayla!
- Sí - asintió Disus -. Ignoraba que fuese delegada.
Allenby golpeó su puño derecho contra su mano izquierda.
- No lo era. Debe de haber ingresado esta mañana.
- ¡Damas y caballeros! - se hizo un silencio total -. Gran Tayla de la delegación de
Tarzak hablará para el Gran Circo.
Los cajeros pasaron entre los delegados y el cajero mayor se acercó a Tayla. Allenby
vio cómo la mujer rebuscaba en su túnica y le entregaba una bolsa al cajero mayor.
- Tayla es respetada..., ¿por qué ha de abonar el saldo?
- Es difícil actuar después de Kamera - sonrió Disus.
Allenby asintió. Tayla abrió los brazos.
- Yo, Tayla, hablo como persona que ha visto lo que debía ver. - La voz de la anciana
era débil y la multitud calló como si encima le hubiera caído una casa -. Vi muchas
cosas en la gran bola de cristal de la nave de la Federación del Noveno Cuadrante...,
muchas cosas. He visto un gran ejército descendiendo sobre Momus para destruirnos.
Convirtiendo nuestros móviles en papel y nuestras acciones en vergüenza. Tienta a
nuestros hijos con su brillo y los aparta del camino de sus padres; alejándolos de
Momus..., para cobijarse en los pozos inmundos de miles de planetas.. - Este ejército se
aproxima desde la Federación del Noveno Cuadrante...
El gentío estalló en miles de conversaciones y parloteos, mientras el amo del Circo
tocaba el silbato pidiendo silencio. El alboroto se transformó en un murmullo y al final
cesó. Allenby pidió un cajero. Un espectador del borde del Circo silbó a uno y señaló a
Allenby. Mientras Tayla continuaba, el cajero subió la gradería y se inclinó ante Allenby.
- El saldo de la oradora es de mil doscientos móviles - susurró el cajero.
Allenby exhibió dos bolsas y las dejó sobre la bandeja del cajero.
- No hay preguntas. Hablaré. Soy Allenby, el mago.
- ¿Tu ciudad? - inquirió el cajero levantando la vista de su libreta.
- No tengo ciudad.
El cajero frunció el ceño, y al fin enarcó las cejas en señal de reconocimiento.
Descendió de las gradas, corrió por la arena y el aserrín de la pista, y le entregó el
papel al amo del Circo. Éste lo leyó y aguardó a que Tayla terminase sus conclusiones.
Allenby observó cómo un pregonero le señalaba a él desde la entrada de los
espectadores, y después divisó a Humphries al lado del pregonero.
Tayla concluyó su oratoria y fue a sentarse, al tiempo que Humphries subía las gradas.
- ¡Damas y caballeros, Allenby el mago hablará para el Gran Circo!
Mientras los cajeros estaban atentos a su negocio, Humphries llegó al lado de Allenby.
- Allenby, ¿qué está haciendo?
- Intento salvar la Segunda Ley, pero creo haber dado la orden de que usted se
quedase en la nave.
Humphries tomó asiento junto á Disus.
- Estoy aquí por orden directa del secretario -. Allenby hizo callar a su interlocutor
cuando el cajero mayor subió para ofrecerle a Allenby cuatro bolsas llenas de móviles.
Allenby le dio las bolsas a Disus, se levantó y abrió los brazos.
- Yo, Allenby, hablo como embajador en Momus de la Federación del Noveno
Cuadrante de los Planetas Habitables.
La multitud se alborotó. y al fin se restableció el silencio.
- Gran Tayla ha dicho la verdad - el silencio se hizo más pesado -. La verdad que ha
dicho es que sí la misión militar del Cuadrante se establece en el planeta, todo iría mal.
Este era nuestro plan. Pero ahora se ha cambiado - Allenby observó cómo el sol
iluminaba el reborde del Circo - En este momento el general Kahn de la misión militar
del Cuadrante está completando un plan que mantendrá a la misión en órbita, fuera del
planeta... lejos de la población de Momus.
Allenby sintió un tirón en la manga y vio que era Humphries el autor del tirón.
- ¡Calle Allenby! ¡No puede decir al cosa!. Tengo órdenes del secretario...
- ¿Me han dimitido como embajador?
- No, pero...
- Entonces, calle usted. Mis órdenes aún se obedecen aquí.
- Pero el secretario...
- ¡Silencio! - Allenby volvióse hacia la asamblea, respiró profundamente y continuó -:
Por quinientos móviles haría que Tayla os contase lo que vio si las fuerzas quedasen
separadas del pueblo, y lo que vio si Momus estuviera indefenso contra la Décima
Federación.
Allenby se sentó y Disus despidió al cajero, dándole el saldo, mientras Tayla se
levantaba y aceptaba el pago de manos del cajero
- Ahora - le pidió Allenby a Humphries mientras tanto -, explíquese.
- Por orden del secretario he enviado a Kahn a la nave. Y yo he venido para acelerar las
cosas...
- Déjeme ver esta orden - Humphries le entrego a Allenby una hoja de papel doblada.
Allenby la desdobló, la leyó y abrió los ojos aterrado - ¿Usted hizo todo esto?
- Sí...
- ¿Usted se apoderó de la embajada y apostó guardias armados?
- Oh, mis órdenes...
Antes de que Humphries terminase la frase, Allenby corrió frenéticamente arriba del
graderío, hasta el muro. Tendió la vista hacia el sur, donde se hallaba la embajada, y
distinguió una débil nube de humo y el rayo de una pistola energética a través de la
bruma del mediodía. Al instante siguiente, Humphries estaba a su lado.
- ¿Qué ocurre? - preguntó con voz alterada.
- ¡Idiota! - le apostrofó Allenby -. ¡Maldito, maldito idiota!
En la embajada, sentado a su mesa, Allenby miró a Humphries, deseando que la ira
lograra apartar de su mente la escena de carnicería que había presenciado. Dos
tiendas situadas al otro lado de la calle aún estaban en llamas, mientras cuatro
soldados del Cuadrante y diecisiete ciudadanos de Tarzak yacían muertos en el polvo,
entre ellos Yehudin, el hombre cocodrilo. Humphries estaba sentado, de codos sobre la
mesa, con los puños apretados, contemplando al joven representante de noticias,
sentado frente a él. El representante tenía la cabeza inclinada, como sumido en honda
meditación, mientras Disus le estaba vendando un brazo.
- ¡Ya estoy harto! - rugió Humphries, dirigiéndose al representante -. ¡Habla! ¿Qué ha
sucedido?
Allenby asió a Humphries por el cuello de su uniforme y lo contuvo.
- ¡Cállese asno! ¿Aún no ha hecho bastante daño?
Humphries se liberó y se frotó la garganta.
- Esto es imperdonable, Allenby. Y se enterará el secretario, se lo aseguro.
- Dije que se callase; Humphries. El representante tiene que preparar su material.
- Ya está, Allenby - dijo de pronto Disus, soltando el brazo vendado del herido.
- Gracias - expresó Allenby -. Ahora, ocúpate de Yehudin.
Disus asintió y salió del cuarto. Por un momento reinó el silencio, luego el representante
se echó atrás su capuchón negro. En su cabeza se veían unas magulladuras de mal
aspecto.
- Allenby - empezó a decir -, tú te ganaste tu túnica negra con Boosthit en el canino de
Tarzak a Kuumic. Y sabes por qué he de llevar mis noticias al camino.
- Lo comprendo. Zath - afirmó Allenby -, y juro que nadie de aquí las repetirá. Dinos qué
viste y obtendrás nuestro silencio y mil móviles.
- Interpretaré la Gran Plaza.
- La conozco
- Muy bien - murmuró el representante, encogiéndose de hombros. Cerró un instante los
ojos, los abrió y puso las palmas de sus manos delante de los dos diplomáticos -. Esta
noticia es la gloriosa Batalla de la calle de la embajada entre soldados de la Federación
del Noveno Cuadrante y los viajeros y los residentes de la calle.
- Buen principio, Zath - alabó Allenby -. Continúa.
- Gorgo, el hombre forzudo de los Monstruos de Tarzak se hallaba delante de la
embajada, pasando el tiempo con Yehudin, el hombre cocodrilo, cuando Elena, la
ayudante del mago, pasó por allí y les dio los buenos días.
Allenby levantó una mano.
- Yo usaría más diálogo, Zath...
- ¿Quiere dejar de interrumpir? - gruñó Humphries, aporreando la mesa.
- Solo deseo que mejore su interpretación.
Humphries arrugó la frente y movió la cabeza.
- Un soldado que se hallaba delante de la puerta de la embajada - prosiguió Zath - le
silbó a Elena y le dedicó un piropo obsceno. Gorgo fue hacia el soldado y le rogó que se
excusase. El soldado se echó a reír. Entonces, lo levantó en vilo y volvió a pedirle que
se disculpara.
«Otro soldado que salía de la embajada se dio cuenta de lo que ocurría, sacó su arma y
disparó contra Gorgo, matándole. Entonces... un fuego pareció iluminar los ojos de
Zath. entonces, Yehudin lanzó el antiguo grito de combate. Gritó: «¡Eh, Ruben!», la
llamada a la guerra.
«Yehudin hundió sus afilados dientes en el cuello del segundo soldado, matándole,
mientras otros dos soldados salían corriendo de la embajada, llameantes sus armas.
Yehudin cayó partido en dos por aquellas terribles pistolas.»
«Por aquel entonces, la gente de la calle, los monstruos, los pregoneros y hasta los
mercaderes estaban corriendo y atacando a los soldados con palos, piedras, dientes y
uñas. Las terribles pistolas abatieron a diecisiete e hirieron a muchos más antes de que
todos los soldados cayeran muertos.»
- Excelente, Zath. Necesita un poco más de pulimento, pero está bien hecho.
Allenby empujó dos bolsas hacia el representante, el cual se las metió entre la túnica,
se puso de pie y se marchó. Humphries estaba que echaba humo.
- ¡Por el Dios vivo, castigaré a todo el mundo como responsables y los llevaré ante un
pelotón de ejecución!
- ¿Piensa suicidarse?
- ¿Qué dice?
- El hombre responsable está ahora sentado sobre su almohadón, Humphries.
- ¡Tonterías!
- ¿No es verdad?
- Yo no he cometido ningún crimen, Allenby. Sólo he seguido las órdenes del
secretario...
- Y ha desobedecido las mías.
- Seguí las directrices del secretario de Estado del Cuadrante, y cuatro de mis hombres
han sido brutalmente asesinados. ¡En la Elite tenemos bastantes oficiales para formar
un tribunal! ¡Formaremos uno y juzgaremos a esos culpables!!
Allenby tamborileó sobre la mesa y luego se sirvió una copa de vino.
- No habrá ningún tribunal, Humphries - apuró la copa y la dejó sobre la mesa -. Hasta
que se apruebe la Segunda Ley, el Cuadrante no sentenciará la extradición de Momus -
Claro que usted tiene razón en una cosa.
- ¿Sí?
- Se ha cometido un crimen. Usted lo posibilitó, aunque no lo cometió.
- ¿Y las partes culpables?
- Ya han sido juzgadas, sentenciadas y juzgadas.
Humphries se puso de pie.
- ¿No piensa hacer nada?
- Como dije, los tribunales de Momus ya han sentenciado. Esto cae fuera de la
jurisdicción del Cuadrante.
- ¡Por Dios, Allenby! ¿Se olvida de su juramento? ¿Es usted miembro del cuerpo
diplomático o es uno de esos monstruos? ¿De que lado está usted?
Allenby contempló la mesa y no contestó.
- Márchese, Humphries. Vuelva a la nave.
- ¿Cree que el Secretario no se enterará de esto?
- ¡He dicho que largo!
Humphries salió del cuarto como alma que lleva el diablo. Tras llenar otra vez su copa,
Allenby sentóse a beber. En tanto la luz de la calle iba disminuyendo hasta oscurecer
por completo, Allenby seguía sin encontrar respuesta a la pregunta de Humphries. De
pronto, lloró al recordar a su amigo Yehudin. El joven representante no había realizado
una buena interpretación, pues debía haber aprendido los nombres de los muertos y los
heridos. Allenby era agradecido. Sólo podía Imaginarse qué otros amigos habría
perdido o habrían quedado mutilados en la batalla. Llegó Disus, pero estaba demasiado
oscuro para ver a través de sus ojos arrasados en llanto.
- ¿Te has ocupado de Yehudin?
- Sí, todo está listo.
- ¿Quiénes..., quiénes otros murieron?
- Mañana.
Disus encendió un quinqué y lo sostuvo bajo su barbilla. Su cara, pintada de blanco,
con unos labios muy rojos, aparecía triste bajo su peluca rizada de color púrpura. Cruzó
la estancia, cambió su túnica por unos pantalones abombados sujetos por unos tirantes
amarillos y encendió otro quinqué e imitó a una carretilla, aterrizando sobre el suelo
panza arriba.
- Basta, Disus. Me harás reír.
- Para esto estamos los payasos, Allenby. Ríe, que el mañana llegará demasiado pronto.
Mientras Disus divertía a Allenby, Fyx y Kamera se hallaban juntos en el Gran Circo.
Vacío y en tinieblas, el anfiteatro parecía tragarse sus voces. Ataviado con la túnica
anaranjada de los payasos, Kamera sacudió la cabeza.
- Un asunto espantoso.
Fyx se indiné hacía atrás y apoyó los codos en la grada que tenia a su espalda.
- Por ahora sólo chismorreos, Kamera. Todavía no hemos oído a ningún representante.
- ¿No crees en las habladurías? Tayla parece tener razón - asintió Fyx -. Aunque el
Noveno nos defienda, debemos mantenerles alejados.
Kamera imitó a Fyx y señaló el cielo negro con una mano.
- ¿Cómo podremos mantenerles alejados, Fyx, sin que algo o alguien vele por nuestros
intereses?
- Estuviste muy bien esta mañana - Fyx volvió a inclinarse hacia delante y se volvió cara
al payaso - Pero, ¿no son estas cosas excesivamente pesadas y morbosas para los
oídos de un payaso?
- Lo cierto es que tengo muy pocas cosas de qué reírme - respondió el payaso.
- ¿No querría el mejor payaso de Momus adquirir un chiste a un pobre mago?
- ¿Comedia de un mago? - inquirió Kamera, enarcando una ceja y sonriendo.
- Hoy he visto a un payaso hacer magia - replicó Fyx, encogiéndose de hombros.
- ¿Qué escondes en tu manga, viejo tramposo? - preguntó Kamera, incorporándose.
- Te diré una cosa: es algo más sustancioso que la famosa ilusión de la Mano Renacida.
- ¿Cuánto pides por este esfuerzo de aficionado?
- ¿Cuánto pagarías por el mejor de todos tus chistes? - quiso saber Fyx, sonriendo.
- Vaya - rió Kamera -, la edad no te hace más modesto.
- Kamera, es un chiste que hará palidecer a todas tus interpretaciones anteriores, un
chiste del que se enterará todo el Cuadrante..., tal vez toda la Galaxia.
- Fyx, tienes alma de pregonero - el payaso se restregó la barbilla y asintió -. Muy bien,
te escucho.
A la mañana siguiente en el Gran Circo, con el anfiteatro atestado por completo y en
absoluto silencio, el amo del Circo abrió el papel que acababa de entregarle el cajero de
los espectadores. Lo leyó, miró a los delegados y se aclaré la garganta.
- ¡Damas y caballeros! ¡Allenby, el mago, hablará para el Gran Circo!.
Los cajeros pasaron silenciosamente por entre los delegados. El cajero mayor subió
hasta donde se hallaba Allenby y se inclinó.
- Allenby, si quieres hablar, nos debes ochocientos treinta móviles.
Allenby se volvió hacia Disus y asintió.
El payaso contó las monedas y se las dio al cajero mayor.
Allenby se puso de pie y paseó la mirada por todo el anfiteatro.
- Yo, Allenby, os hablo..., sólo como Allenby. Esta mañana, hace apenas unos minutos,
el secretario de Estado del Noveno Cuadrante de la Federación de Planetas Habitables
me ha cesado en el cargo de embajador de Momus.
La multitud murmuró y algunos gritaron. Cuando se restableció el silencio, Allenby bajó
la mirada.
- Desde el Décimo Cuadrante estáis en trance de una aniquilación rápida y total a
menos que os defendáis. Mas, desde el Noveno Cuadrante, si no tan deprisa, vuestra
aniquilación no será por ello menos completa. Ya oísteis a la Gran Tayla - Allenby
paseó de nuevo la mirada por las gradas y se detuvo en Kamera - También oísteis al
Gran Kamera y sabéis por qué Momus no puede decidirse por un representante que
entre en tratos con el Noveno Cuadrante. Pero os diré una cosa: si la Segunda Ley no
nombra a nadie que mire por los intereses de Momus, nadie lo hará.
«Esta tarde, el embajador Humphries hablará ante el Gran Circo y tratará de que votéis
que sea su departamento el que se ocupe de vuestra defensa. El secretario de Estado
ha dictaminado que esto satisfaría a las leyes del Cuadrante. Si os conformáis con esto
la Gran Tayla habrá tenido razón... - tartamudeó y volvió a bajar la vista. Disus se
levantó, quedándose a su lado -. Yo..., yo terno ser el culpable de haberes colocado en
esta situación. Las minas de Momus no tienen cobre bastante para mis disculpas.»
Allenby inclinó la cabeza y se sentó. Disus miró en tomo al Circo, y también se sentó al
lado del ex-embajador.
Por la entrada norte, un cajero se acercó al amo del Circo y le entregó un papel.
- ¡Damas y Caballeros, el Gran Kamera hablará para el Gran Circo!
Mientras los cajeros se movían entre los delegados, Disus le preguntó a Allenby:
- ¿Deseas marcharte?
- Igual que los niños - repuso Allenby en un murmullo -, siguen jugando mientras arden
sus casas, ellos tienen derecho a divertirse. Me quedo.
Cuando el cajero mayor y su aprendiz regresaron de tas tinieblas de la entrada norte,
Allenby observó que Humphries y dos ayudantes habían entrado por el sector de los
espectadores, tomando asiento en la primera grada. El silencio fue roto por el familiar
«¡skiugi, skiugi!», y las carcajadas. Pero éstas sonaban diferentes, casi amargas.
La máscara que surgió a la luz era la de un chico, pero también era la máscara de la
tristeza. Los grandes ojos azules soltaban lágrimas de gelatina y las comisuras de la
boca caían hacia abajo. Ante los aplausos, Kamera dio la vuelta al Circo con su atavío
medio de mago, medio de representante, y sus torpes pies postizos. Levantó los brazos
pidiendo silencio.
- Os hablo como Allenby, el alma pérdida. Ah, no sería perdida si una ciudad me
aceptase - extendió los brazos al frente y dio media vuelta («¡skiugi, skiugi!») -.
¿Ninguna ciudad me aceptará?
En medio de las carcajadas, se oyó distintamente varios «¡No!». Kamera bajó los
brazos, abatió los hombros e inclinó la cabeza.
- Entonces, ninguna ciudad me debe lealtad, por lo que yo no puedo dar mi lealtad a
ninguna ciudad. - Dos lagrimones saltaron de los ojos de la máscara. Kamera levantó
una mano y se irguió en toda su estatura -. ¡Esperad! ¡Al menos, soy un mago...!
- ¡No! - Todos vieron a Fyx de pie entre los delegados de Tarzak -. Tú no eres un mago,
Allenby. Jamás hiciste el aprendizaje y vistes el negro de los representantes. ¡los
magos no te deben nada!
Fyx sentóse entre fuertes aplausos.
Kamera corrió hacia la delegación Sina («¡skiugi, skiugi!»).
- Booshit, yo hice el aprendizaje gracias a ti. ¿Soy acaso un representante de noticias?
- No, Allenby - negó Boosthit, poniéndose de pie -. Abandonaste tu ropaje de
representante para disfrazarte de mago. Los representantes no te debemos nada.
Con pánico fingido, Kamera corrió («¡skiugi, skiugi!») y se detuvo delante de Humphries.
- ¿Soy al menos un embajador?
Humphries se levantó y miró nerviosamente al imitador de Allenby que suplicaba ante él.
- Yo creía... - señaló al verdadero Allenby y luego volvió a mirar a Kamera -. Ashly
Allenby ha sido cesado como embajador para Momus. Además, usted..., hum...,
también ha cesado como miembro del cuerpo diplomático. Ya no posee la menor
autoridad.
Otras lágrimas manaron de los ojos de la máscara de Kamera, mojando el uniforme de
Humphries. Después, se volvió hacia los delegados («¡skiugi, skiugi!»).
- Bien, ya no me queda nada... ¡Nada! - aumentó el volumen de las lágrimas, y de
pronto cesaron -. Nada, excepto ser el representante de Momus ante el Noveno
Cuadrante... - todo el graderío guardó silencio -. Y lo pongo a votación. ¿Debo
convenirme en el Gran Allenby, Estadista de Momus, para tratar con el Noveno
Cuadrante en favor del planeta Momus?
Allenby empezó a sonreír al ver la confusión que sé pintaba en el rostro de Humphries.
Entonces, soltó la carcajada que fue coreada por todos los espectadores del Circo,
incluyendo a los delegados.
- ¡SÍ! ¡SÍ!
Kamera se quitó la máscara y saludó a Allenby, mas su gesto se perdió en el aire.
Allenby, Gran Estadista de Momus, se había caído rodando de su grada.
FIN

lunes, 30 de abril de 2012

LAS TUMBAS DE TIEMPO J.G.Ballard




LAS TUMBAS DE TIEMPOJ.G.Ballard

1
Por lo general a las tardes, mientras Traxel y Bridges salían al mar de arena, Shepley y
el Viejo vagabundeaban entre las despojadas tumbas de tiempo, escuchando cómo
chisporroteaban débilmente a la luz moribunda mientras los personajes desvanecidos
aparecían otra vez, y las profundas bóvedas de cristal centelleaban brevemente como
enormes copas.
La mayoría de las tumbas de tiempo del borde sur del mar de arena habían sido
vaciadas siglos antes. Pero a Shepley le gustaba vagabundear por los pabellones
dispersos, hundidos a medias en la arena caliente y antigua que se le deslizaba bajo los
pies descalzos como las ondas de una playa interminable. Solo entre las tumbas de luz
oscilante, junto a los cascos vacíos de los diez mil años últimos, podía olvidar unos
minutos aquel pesado sentimiento de fracaso.
Esa noche, sin embargo, hubiera querido renunciar al paseo. Traxel, que era
nominalmente el jefe del grupo de ladrones de tumbas, le había advertido
categóricamente durante la comida que tenia que pagar o irse. Durante tres semanas
Shepley había estado postergando el momento de la partida, con una serie de excusas
cada vez menos convincentes, y los otros habían empezado a impacientarse. Al Viejo lo
toleraban porque era un verdadero conocedor del mar de arena - había revisado las
tumbas en ruinas durante cuarenta años y conocía los arrecifes y los manantiales como
la palma de la mano - y porque era una institución que en cierto modo significaba la
baja profesión de ladrón de tumbas, pero Shepley hacía sólo tres meses que estaba y
no tenía nada que ofrecer excepto aquellos silencios morosos y el odio que mostraba
contra sí mismo.
- Esta noche, Shepley - le dijo Traxel firmemente con una voz áspera y cortante -, tiene
que encontrar una cinta. No lo podemos mantener indefinidamente. Recuerde que
tenemos tantas ganas de irnos de Virgilio como usted.
Shepley asintió con un gesto, mirando la imagen reflejada en el enjuagatorio de oro.
Traxel estaba sentado a la cabecera de la mesa resplandeciente, y tenía desabrochada
la chaqueta de terciopelo, de cuello alto. Rodeado por la vajilla de oro forjado robada de
las tumbas, el vino tinto de la cantimplora de Bridges salpicando la mesa, Traxel parecía
más un príncipe del Renacimiento que un doctor en filosofía en las malas. Traxel había
sido alguna vez profesor de semántica, y Shepley se preguntaba por qué escándalo
habría llegado a Virgilio. Ahora, como una rata de albañal registraba las tumbas con
Bridges, vendiendo las cintas a los museos psicohistóricos, a tres dólares el metro. A
Shepley le resultaba imposible llegar a un acuerdo con el hombre alto, solitario; en
cambio Bridges, que era simplemente un matón, tenía una vena de buen humor grosero
que lo hacía tolerable. Traxel nunca le permitía sentirse cómodo. Quizá aquel estilo frío,
lacónico, representaba la autoridad, los interrogadores altaneros, de mirada severa, que
aún perseguían a Shepley en sueños.
Bridges hizo retroceder la silla de un puntapié y se tambaleó alrededor de la mesa,
palmeándole los hombros a Shepley.
- Ven con nosotros, muchacho. Esta noche encontraremos una megacinta.
Afuera el jeep bajo, camuflado, esperaba en un valle entre dos dunas. El viejo palacio
de verano se hundía lentamente en el desierto y el piso de la sala de banquetes se
inclinaba en la arena blanca como la cubierta de un barco que naufragaba con todas las
luces encendidas.
- ¿Usted qué hace, doctor? - preguntó Traxel al viejo mientras Bridges saltaba al jeep y
apretaba el acelerador -. Nos gustaría que viniera con nosotros. - El viejo meneó la
cabeza; Traxel se volvió hacia Shepley. - Bueno, ¿viene?
- Esta noche no - replicó Shepley apresuradamente -. Más tarde me iré a... a caminar
por los yacimientos de tumbas.
- ¿A tantos kilómetros? - le recordó Traxel, observándolo, pensativo -. Muy bien. - Se
cerró la chaqueta y fue hacia el jeep. Cuando arrancaban gritó: ¡Shepley, lo que le dije
fue en serio!
Shepley los miró desaparecer entre las dunas. Inexpresivo, repitió:
- Lo dijo en serio.
El Viejo se encogió de hombros, sacudiendo un poco de arena de la mesa.
- Traxel es... un hombre difícil. ¿Qué piensa hacer?
El tono de reproche parecía leve, pues el Viejo comprendía que los motivos de Shepley
eran los mismos que lo habían llevado a encallar en las playas perdidas del mar de
arena, cuarenta años atrás.
Shepley estalló irritado.
- No puedo ir con él. Al cabo de cinco minutos me deja como un limón exprimido. ¿Qué
pasa con Traxel? ¿Por qué está aquí?
El viejo se puso de pie, contemplando vagamente el desierto.
- No recuerdo. Cada uno tiene sus razones. Al cabo de un tiempo las historias se
confunden.
Caminaron siguiendo las huellas del jeep. A un kilómetro y medio de distancia, dando
vueltas entre los lagos de lava que señalaban la orilla sur del mar de arena, pudieron
ver el vehículo que se desvanecía en la oscuridad. Los viejos yacimientos de tumbas,
por donde Shepley y el Viejo solían caminar, estaban allí, formando tres líneas de
pabellones a lo largo de un bajo escollo basáltico. De vez en cuando un breve fulgor
temblaba en la blanca oscuridad, como de hueso, pero la mayoría de las tumbas
estaban silenciosas.
Shepley se detuvo; las manos le caían blandamente a los lados.
- Los nuevos yacimientos están junto al lago de Newton, a casi veinte millas. No puedo
seguirlos.
- Yo no lo intentaría - replicó el Viejo -. Hubo una gran tormenta de arena anoche. Los
guardianes del tiempo estarán afuera marcando las tumbas recién aparecidas. - Rió
suavemente. - Traxel y Bridges no encontrarán ni un centímetro de cinta, y tendrán
suerte si no los arrestan. - Se quitó el sombrero de algodón blanco y echó una mirada
perspicaz a través de la luz inerte, evaluando los nuevos contornos de las dunas; luego
guió a Shepley hacia la vieja monovía, cuya terminal meridional llegaba hasta los
yacimientos de tumbas. Alguna vez había sido utilizada para transportar los pabellones
desde la estación de la orilla septentrional del mar de arena y aún había un pequeño
autogiro apoyado contra la plataforma de carga. - Pasaremos a Pascal. Algo puede
haber ocurrido, uno nunca sabe.
Shepley meneó la cabeza.
- Traxel me llevó allí cuando llegué. Han sido robadas cientos de veces.
- Bueno, echemos un vistazo.
El Viejo se afanó hacia la monovía, y el traje blanco y sucio restalló en la brisa ligera.
Detrás, el palacio de verano, construido tres siglos antes por un millonario oriundo de
Ceres, se desvanecía en la oscuridad, y las tejas de vidrio ondulado en los remates más
altos se fundían con la luz de las estrellas.
Shepley arrimó el vehículo a la plataforma, dio cuerda al autogiro y ayudó al Viejo a
subir al asiento delantero. Usando como palanca un pedazo de vía oxidada, empezó a
empujar. Cada cinco metros más o menos, se detenían para apartar la arena que
invadía la pista, pero lentamente empezaron a girar entre las dunas y los lagos, viendo
aquí y allá la cúpula elevada, y en forma de cebolla, de una solitaria tumba de tiempo;
fragmentos de cristales que centelleaban en la arena como estrellas minúsculas.
Media hora más tarde, mientras recorrían el largo y último declive hacia el lago de
Pascal, Shepley se acercó para sentarse junto al Viejo, que saliendo de su fantaseo
privado le preguntó, zumbón:
- Y usted, Shepley, ¿por qué está aquí?
Shepley se apoyó contra el respaldo, dejando que el aire frío le secara el sudor de la
cara.
- Una vez traté de matar a alguien - explicó concisamente -. Cuando me curaron,
descubrí que quería matarme a mí mismo. - La velocidad aumentó y Shepley tomó el
freno de mano. - Por diez mil dólares puedo volver con libertad vigilada. Pensé que aquí
habría una francmasonería. Pero usted ha sido muy amable, doctor.
- No se preocupe, le conseguiremos una cinta que valga la pena.
Se inclinó hacia adelante, protegiéndose los ojos del. resplandor estelar y contemplando
abajo el pequeño acuartelamiento de tumbas de tiempo, destripadas a orillas del lago.
Había en total una docena de pabellones, con los techos agujereados, el grupo que
Traxel le había mostrado a Shepley cuando llegó para que viera cómo habían saqueado
las bóvedas.
- ¡Shepley! ¡Mire, muchacho!
- ¿Dónde? Ya las he visto, doctor. Se llevaron todo.
El Viejo lo hizo a un lado.
- No, tonto, unos trescientos metros al oeste, a la sombra del largo escollo donde se
han desplazado las dunas. ¿Las ve ahora? - Golpeó con un puño blanco en la rodilla de
Shepley. - La ha conseguido, muchacho. No tiene por qué tenerle miedo a Traxel ni a
nadie ahora.
Shepley detuvo el vehículo bruscamente. Mientras corría delante del Viejo hacia la
escarpa veía varias de las tumbas de tiempo que relucían a lo largo del horizonte,
emergiendo brevemente de la tierra oscura como tiendas de una caravana espectral.
2
Durante diez milenios el mar de Virgilio había servido de cementerio, y se calculaba que
los dos mil kilómetros cuadrados de arena inconstante contenían más de veinte mil
tumbas. Cada menudo sector había sido despojado por sucesivas generaciones de
ladrones de tumbas y un carrete intacto de la decimoséptima dinastía podía venderse
ahora al Museo Psicohistórico por más de 3.000 dólares. Al precio de las dinastías
anteriores, aunque no se había encontrado ninguna más antigua que la duodécima, se
le sumaba una bonificación.
No había cadáveres en las tumbas de tiempo, ni esqueletos polvorientos. Los
fantasmas ciber-arquitectónicos que las habitaban habían sido embalsamados en los
códigos metálicos de las cintas de memoria, transcripciones moleculares
tridimensionales de los originales vivientes, almacenados entre las dunas como un
magnífico acto de fe, en la esperanza de que la recreación de las personalidades
cifradas fuera un día posible. Después de cinco mil años la tentativa había sido
abandonada de mala gana, pero por respeto a los constructores de tumbas se habían
abandonado los pabellones al azar del tiempo en el mar de Virgilio. Más tarde, cuando
los historiadores de las nuevas épocas tuvieron conciencia de los enormes archivos que
los esperaban en ese antiguo limbo, llegaron los ladrones de tumbas. A pesar de los
guardianes no habían cesado aún el saqueo de las tumbas y el tráfico ilícito de las
almas muertas.
- ¡Doctor! ¡Venga! ¡Mire!
Shepley se dejó caer bruscamente de rodillas en la arena de color blanco de plata,
arrastrándose de un pabellón a otro como un cachorro enloquecido.
Sonriendo, el Viejo trepó lentamente por la pendiente blanda, hundido hasta la cintura
en los finos cristales que se desparramaban alrededor, buscando espolones de roca
más firme. La cúpula de la tumba más cercana centelleaba en el cielo, y debajo del
alero sólo se veían unos veinte centímetros de las ventanas. Se sentó un momento en
el techo, observando a Shepley que buceaba en la oscuridad y atisbaba por las
ventanas, apartando la arena con las manos. La tumba estaba intacta. En el interior se
veía la lámpara votiva ardiendo sobre el altar, la nave hexagonal de piso taraceado de
oro, y las colgaduras; en el fondo se abría el estrecho santuario del depósito de
memoria. Alrededor del santuario había unas mesas bajas con vasos y escudillas de
oro forjado, ofrendas aparentes destinadas a distraer a los posibles ladrones.
Shepley se le acercó saltando.
- ¡Entremos, doctor! ¿Qué esperamos ahora?
El Viejo miró la llanura, abajo, el racimo de tumbas abiertas al borde del lago, la cinta
oscura de la monovía que caracoleaba entre las lomas. La idea de la fortuna que tenía
al alcance de la mano no lo conmovía. Hacía tanto tiempo que vivía entre las tumbas
que había empezado a asumir parte de ese clima de inmortalidad e intemporalidad, y
sentía que la impaciencia de Shepley procedía de otra dimensión. Detestaba saquear
las tumbas. Cada tumba robada representaba no sólo la extinción definitiva de una
persona, sino una disminución de su propio sentimiento de eternidad. Cada vez que un
nuevo yacimiento emergía de la arena, sentía que algo dentro de sí mismo volvía a
encenderse un momento; no la esperanza, pues estaba más allá de ella, sino una
serena aceptación del breve lapso que aún le quedaba.
- Bien - dijo, y empezaron a apartar la arena acumulada en torno de la puerta. Shepley
la hacía caer por la rampa donde se desparramaba en una espuma blanca sobre las
astillas basálticas más oscuras. Cuando el estrecho pórtico quedó libre, el Viejo se
acurrucó junto al sello de tiempo. Quitó los cristales incrustados entre los ganchos, y
luego pasó los dedos levemente por encima.
Como palillos secos que se quebraran, crujió una voz antigua: Orión, Betelgeuse, Altair,
cuál de las estrellas nacidas dos veces me heredará, condenada de nuevo a ser este
vástago...
- Venga, doctor, por aquí es más rápido.
Shepley apoyó una pierna contra la puerta y arremetió inútilmente. Apartándolo, y con la
boca pegada al sello, el Viejo replicó:
- De Altaír, Betelgeuse, Orión.
Las puertas se abrieron y el Viejo murmuró:
- No desdeñe el viejo ritual. Veamos ahora. - Se detuvieron en el aire frío, que nadie
había respirado aún. La lámpara votiva lanzaba un pálido fulgor rubí sobre las
colgaduras doradas del santuario.
El aire se volvió curiosamente brumoso y tornasolado. En pocos minutos más empezó a
vibrar con rapidez creciente, y una sucesión de vivos colores onduló a través de la
superficie de algo que parecía un cono de luz, proyectado desde detrás del santuario.
En seguida la luz se convirtió en la imagen tridimensional de un hombre anciano vestido
de azul.
Aunque la imagen era transparente y el brillante azul eléctrico de las vestiduras
revelaba los defectos del sistema de proyección, la ilusión era tan intensa que Shepley
esperó casi que el hombre les hablara. Debía de andar por los setenta años; tenía una
cara compuesta, vigilante, el pelo gris y fino, y las manos le descansaban tranquilas
delante de él. Apenas se veía el borde del escritorio; el cono de luz mostraba parte de
un tintero de plata y un pequeño trofeo de metal.
Estos detalles, así como las espectrales estanterías y los cuadros, que componían el
fondo de la ilusión, eran de valor infinito para los institutos de psico-historia, pues
proporcionaban pruebas más fidedignas de civilizaciones anteriores que las urnas y los
vasos funerarios de la antesala.
Shepley empezó a acercarse y el contorno del personaje se desvaneció ligeramente.
Era un relevador visual del depósito de memoria y seguiría funcionando después de
extraído el código, aunque los carretes inductivos se agotarían en seguida. Luego la
tumba se extinguiría definitivamente.
A cincuenta centímetros de distancia, los ojos sabios del magnate, muerto muchos años
antes, lo miraban fijo, sin pestañear; la frente surcada parecía un trozo de cera rosada y
transparente. A modo de ensayo, Shepley estiró la mano y la metió en el cono de modo
que las miríadas de dibujos vibratorios le corrieron por la muñeca. Durante un momento
tuvo la cara del muerto en la mano, y el borde del escritorio y el tintero de plata le
moteaban la manga.
Entonces se adelantó y lo atravesó directamente pasando a la oscuridad de los fondos
del santuario.
Rápidamente, siguiendo las instrucciones de Traxel, abrió el cajón donde estaba el
depósito de memoria, y sacó los tres pesados tambores: los carretes de cintas.
Inmediatamente el personaje empezó a palidecer; el borde del escritorio y los estantes
con libros se desvanecían a medida que el cono se estrechaba. Unas angostas bandas
de aire muerto aparecieron a través; una, al nivel del cuello del hombre, lo decapitó.
Más abajo, el proyector había empezado a fallar. Las manos juntas temblaban
nerviosamente y de vez en cuando un hombro se contraía levemente. Shepley avanzó
atravesándolo sin mirar atrás.
El Viejo esperaba afuera. Shepley dejó caer los tambores en la arena.
- Son pesados - murmuró, y añadió animándose -: Aquí ha de haber más de ciento
cincuenta metros, doctor. Con la bonificación, y además todas las otras... - Tomó al
Viejo del brazo. - Vamos, entremos en la siguiente.
El Viejo se soltó, observando al personaje que balbuceaba en el pabellón, la luz azul del
hombre muerto que latía sobre la arena como una tormenta de relámpagos sin sonido.
- Espere un minuto, muchacho, no corra tanto. - Como Shepley empezara a vadear la
arena, haciéndola caer por la rampa, añadió con voz más firme - ¡Y deje de mover toda
esa arena! Estas tumbas han estado ocultas desde hace diez mil años. No destruya una
obra valiosa, o los guardianes las encontrarán la próxima vez que pasen.
- O Traxel - dijo Shepley, sosegándose rápidamente. Echó una mirada al lago, y
escudriñó las sombras entre las tumbas. Quizá alguien los observaba, esperando una
oportunidad para apoderarse del tesoro.
3
El Viejo lo dejó en la puerta del pabellón siguiente, resistiéndose a presenciar cómo
despojaba a la tumba de su ya magra pretensión de inmortalidad.
- Esta será la última por esta noche - le dijo a Shepley -. No podrá ocultarles esas cintas
a Bridges y Traxel.
Los accesorios de la tumba eran esta vez unas tétricas losas de mármol negro que
revestían las paredes, cubiertas de extraños jeroglíficos de oro; la taracea del piso
representaba símbolos astrológicos estilizados, espectrales y oscuros. Shepley se
apoyó en el altar, observando el cono de luz que llegó hasta él desde el santuario al
apartar las cortinas. Los colores predominantes eran oro y carmín, mezclados con un
vívido cobre esfumado que se resolvía gradualmente en la cabellera peinada como un
arpa, de una mujer recostada. Yacía en el centro de algo que parecía una esfera de gas
suavemente luminoso, apoyada en un macizo catafalco negro a cuyos lados fulguraban
dos enormes alas heráldicas. El pelo cobrizo de la mujer estaba echado hacia atrás y
tenía más de un metro y medio de largo, mezclándose con el plumaje de las alas, y
dándole un aspecto de tremenda y contenida velocidad, como una diosa en el aire,
volando sobre la cornisa de una ciudad-templo de los muertos.
Los ojos de la mujer miraban inexpresivos hacia Shepley. Los brazos y los hombros
estaban desnudos, y la piel blanca, como nieve compacta, era lustrosa; la luz reflejada
reverberaba en la caja negra del catafalco y en el largo vestido que como una vaina se
enroscaba en los muslos cayendo hasta el piso. La cara, como una exquisita máscara
de porcelana, estaba ligeramente echada hacia atrás, y los ojos entrecerrados sugerían
que la mujer dormía o soñaba. No se había previsto un fondo para la imagen, pero la
concavidad luminiscente confería a la persona un poder y un misterio inmensos.
Shepley oyó que el Viejo se arrastraba detrás.
- ¿Quién es, doctor? ¿Una princesa?
El Viejo meneó la cabeza lentamente.
- Puras conjeturas. No sé. Hay extraños tesoros en estas tumbas. Acabemos con ésta;
es mejor que nos vayamos.
Shepley vaciló. Empezó a caminar hacia la mujer del catafalco y entonces sintió el
enorme impulso ascendente de aquel vuelo. La presión de todos los siglos pasados que
ella arrastraba se concentró en un súbito núcleo, y Shepley retrocedió como ante una
barrera física.
- ¡Doctor! - Llegó a la puerta justo detrás del Viejo. - ¡Dejemos ésta, qué prisa hay!
El Viejo se volvió a la luz de la luna; los brillantes colores del personaje temblaban en
las jóvenes mejillas de Shepley.
- Sé lo que está sintiendo, muchacho, pero recuerde que la mujer no es más que una
pintura. Pronto tendrá que volver por ella.
Shepley asintió rápidamente.
- Lo sé, pero alguna otra noche. Hay algo extraño en esta tumba. - Salió y cerró las
puertas e inmediatamente el enorme cono de luz retrocedió al santuario, sumiendo a la
mujer y el catafalco en la oscuridad. El viento barrió las dunas, arrojó un fino rocío de
arena en las cúpulas semienterradas, suspiró entre las tumbas en ruinas.
El Viejo se encaminó a la monovía y esperó a Shepley, que siguió trabajando una hora
más, recorriendo lentamente cada una de las tumbas.
Por recomendación del Viejo, le dio a Traxel sólo dos de las cajas que contenían unos
quince metros de cinta. Como estaba profetizado, los guardianes del tiempo se pusieron
en acción y atraparon a dos miembros de otra banda. Bridges estaba de pésimo humor,
pero Traxel, siempre dueño de sí mismo, no parecía preocupado por la noche perdida.
Pasando por encima del escritorio en el salón de baile, examinó el tambor con interés,
felicitando a Shepley por su iniciativa.
- Excelente, Shepley. Me alegro de que se haya unido a nosotros ahora. ¿No le
molestaría decirme dónde encontró esto?
Shepley se encogió de hombros vagamente, empezó a balbucear algo sobre el
subsuelo secreto de una de las tumbas abiertas, por allí cerca, pero el Viejo, lo
interrumpió:
- ¡No ande proclamándolo por todas partes! Traxel, no puede hacerle esas preguntas; el
hombre tiene que ganarse la vida.
Traxel sonrió, como una esfinge.
- Una vez más tiene razón, doctor. - Palmeó la caja suave, sin barnizar. - Estado nuevo,
y también de la decimoquinta dinastía.
- ¡Décima! - exclamó Shepley indignado, temiendo que Traxel tratara de embolsarse la
bonificación. El Viejo murmuró una maldición y los ojos de Traxel relampaguearon.
- ¿Conque décima? No sabía que hubiera tumbas de la décima dinastía aún intactas.
Usted me sorprende, Shepley. Es evidente que tiene talentos ocultos.
Afortunadamente parecía suponer que el Viejo había atesorado la banda durante años.
Boca abajo en un profundo agujero al borde del acantilado, Shepley observaba el
vehículo blanco de los guardianes que cruzaba las arenas oscuras hacia el viejo
acantonamiento. justo allá abajo sobresalían las espirales del nuevo yacimiento de
tumbas, invisible contra el fondo oscuro del acantilado. Los guardianes que iban en el
vehículo estaban más interesados en las viejas tumbas; habían descubierto el autogiro
apoyado de costado junto a la monovía y sospecharon que las bandas habían estado
trabajando de nuevo en las ruinas. Uno de ellos se puso de pie y paseó una linterna por
los pabellones abiertos. Cruzando la monovía, el vehículo se movió lentamente a través
del lago hacia el noroeste, dejando detrás una baja capa de polvo.
Durante unos pocos momentos Shepley permaneció inmóvil en la blanda oscuridad,
observando las zanjas y las hondonadas que llevaban al lago; luego se deslizó entre los
pabellones. Apartó la arena hasta descubrir un tablón cuadrado, y se escurrió debajo
hasta el pórtico.
Cuando la imagen dorada de la maga apareció desde el santuario de paredes negras,
desplegando alrededor las andes alas de reptil, Shepley se quedó detrás de una de las
columnas de la nave, fascinado por aquella belleza extraña e inmortal. A veces la cara
luminosa era casi repelente, pero Shepley creía ahora a veces en la posibilidad de
resucitarla. Fue allí todas las noches, escabulléndose en la tumba donde la mujer había
yacido durante diez mil años, incapaz de interrumpirla. El largo pelo cobrizo se
derramaba a sus espaldas como un desatado huracán del tiempo, y el cuerpo anguloso
volaba entre dos universos infinitamente distantes donde seres arquetípicos de estatura
sobrehumana centelleaban rítmicamente en una luz propia.
Dos días más tarde, Bridges descubrió los otros tambores.
- ¡Traxel! ¡Traxel! - gritó, corriendo por el patio interior desde la entrada hasta una de las
bodegas en desuso. Se precipitó en el salón de baile y arrojó las cajas de metal contra
la computadora que Traxel estaba programando -. ¡Écheles un vistazo... más de la
décima dinastía!
Traxel sopesó perezosamente las cajas, echando una mirada a Shepley y al Viejo que
vigilaban junto a la ventana.
- Interesante. ¿Dónde las encontró?
Shepley dio un salto desde las jambas de la ventana.
- Son mías. El doctor lo confirmará. Son las que vienen después de la primera que le di
hace una semana. Estaba almacenándolas.
Bridges lo interrumpió.
- ¿Qué quiere decir, almacenándolas? ¿Ese es su depósito personal? ¿Desde cuándo?
- La mano ancha se adelantó empujando y Shepley rodó hasta Traxel. - Escuche,
Traxel, esas cintas fueron un buen hallazgo. No veo que tengan rótulos. Cada vez que
traiga algo, ¿va a estar este mocoso reclamándomelo?
Traxel se puso de pie, dominando con su estatura a Bridges.
- Claro, tiene usted razón... técnicamente. Pero hay que trabajar juntos, ¿no es cierto?
Shepley cometió un error, y vamos a perdonárselo, por esta vez. - Tendió los tambores
a Shepley, mientras Bridges bullía, indignado. - Si yo fuera usted, Shepley, cobraría
éstas. No tema invadir el mercado. - Cuando Shepley se iba, pasando junto a Bridges lo
llamó. - Y trabajar juntos tiene sus ventajas, ¿sabe?
Miró a Shepley que desaparecía en su cuarto y luego se volvió a estudiar el enorme y
descascarado mapa del mar de arena que cubría la pared.
- Tendrá que despojar las tumbas ahora - le dijo más tarde el Viejo a Shepley -. Es
evidente que usted ha topado con algo y a Traxel no le llevará más de cinco minutos
descubrir dónde.
- Quizás un poco más - replicó Shepley con calma. Salieron de la sombra del palacio y
se encaminaron a las dunas; Bridges y Traxel estaban mirándolos desde la mesa del
comedor, inmóviles en la luz -. Los techos están ahora casi totalmente cubiertos. La
próxima tormenta de arena las enterrará del todo.
- ¿Ha entrado en alguna otra de las tumbas?
Shepley meneó la cabeza enérgicamente.
- Créame, doctor, ahora sé por qué están aquí los guardianes del tiempo. Mientras hay
una posibilidad de que revivan, cada vez que robamos una tumba cometemos un
asesinato. Aunque haya una sola posibilidad en un millón, todos han contado con eso.
Al fin y al cabo, uno no se suicida porque todas las posibilidades de vida sean
virtualmente nulas.
Ya había empezado a creer que la maga podía revivir de pronto, bajando del catafalco.
Mientras existiera una remota posibilidad de volverla a la vida, sentía que él también
tenía un fundamento válido para seguir viviendo, que había un pequeño elemento de
certidumbre en un universo que hasta entonces le había parecido azaroso y
absolutamente sin sentido.
4
Cuando las primeras luces del alba se infiltraron por las ventanas, Shepley salió de
mala gana de la nave de la tumba. Echó una breve mirada a aquella persona
resplandeciente, conteniendo una leve punzada de decepción. La esperada
metamorfosis no había ocurrido aún, pero Shepley se sentía de algún modo aliviado por
haber pasado tanto tiempo esperándola.
Bajó al viejo acantonamiento, escudriñando atentamente la oscuridad. Cuando llegó a la
monovía, ahora hacía el viaje a pie, para impedir que Traxel supusiera que el escondrijo
estaba a lo largo del riel, oyó un débil zumbido en el aire frío. Retrocedió de un salto,
detrás de un montículo bajo, siguiendo su tortuoso camino entre las dunas.
De pronto latió un motor, atrás, y sobre el borde del acantilado apareció el jeep de
Traxel. Las ruedas delanteras giraban a toda velocidad, y el enorme vehículo se
balanceaba hacia adelante, bajaba por el declive entre las tumbas enterradas,
desplazando toneladas de la fina arena que Shepley había retirado a mano tan
laboriosamente. En seguida aparecieron a la vista varios de los pabellones, y el polvo
blanco cayó en cascadas sobre las cúpulas.
Medio enterrados en el alud que ellos mismos habían desencadenado, Traxel y Bridges
saltaron de la cabina, señalando los pabellones y gritándose el uno al otro. Shepley se
precipitó hacia adelante y apoyó el pie en la monovía, que empezó a vibrar.
En la distancia el autogiro se acercaba lentamente. El Viejo lo manejaba solo, sin
sombrero, desmelenado.
Llegó a la tumba en el momento en que Bridges golpeaba la puerta con una bota
pesada; detrás estaba Traxel sosteniendo una valija de llaves inglesas.
- ¡Hola, Shepley! - le dijo Traxel alegremente -. Así que este es el tesoro que ha
encontrado.
Shepley se tambaleó con las piernas separadas en la arena, dejó atrás a Traxel. En ese
momento saltó el vidrio de la ventana. Shepley se arrojó sobre Bridges y lo hizo
retroceder.
- ¡Bridges, ésta es mía! ¡Pruebe cualquiera de las otras; puede quedarse con todas!
Sacudiéndose, Bridges se puso de pie y miró colérico a Shepley. Traxel examinó con
suspicacia las otras tumbas, los pórticos aún cubiertos de arena.
- ¿Qué es lo que tanto le interesa en ésta, Shepley? - preguntó, sardónico.
Bridges bramó y golpeó con la bota en la puerta ventana, arrancando uno de los
paneles. Shepley se abalanzó hacia adelante, y Bridges lo empujó contra la pared,
gruñendo. Antes de que Shepley pudiera bajar la cabeza, Bridges le dio un puñetazo en
la boca, haciéndolo caer de espaldas en la arena con la cara ensangrentada.
Traxel se reía mirando a Shepley, que yacía atontado. Luego se arrodilló, examinó con
simpatía la cara de Shepley a la luz que arrojaba la persona desplegada en el interior
de la tumba. Bridges gritó de sorpresa, con la boca abierta como un mono, espantado
ante el suntuoso y dorado milagro de la maga.
- ¿Cómo me encontraron? - murmuró Shepley con dificultad -. Dejé falsas pistas una
docena de veces.
Traxel sonrió.
- No lo seguimos a usted. Seguimos el riel. - Señaló el cordón plateado de la banda de
metal, claramente visible a la luz del alba, a casi quince kilómetros de distancia. - El
autogiro limpió el riel. Nos trajo directamente aquí. Ah, hola, doctor. - Saludó al Viejo
que trepaba por la cuesta y se dejó caer cansado junto a Shepley. - Estoy seguro de
que debemos agradecerle este descubrimiento. No se preocupe, doctor, no me olvidaré
de usted.
- Muchas gracias - dijo el Viejo fríamente. Ayudó a Shepley a sentarse, frunciendo el
entrecejo al verle los labios partidos -. ¿No lo toma todo demasiado en serio, Traxel? Se
está volviendo loco de codicia. Déjele esta tumba al muchacho. Hay muchas más.
Bridges pasó a través del personaje hacia la parte posterior del santuario, y los dibujos
de la luz en la arena se quebraron y desvanecieron. Débilmente, Shepley trató de
ponerse de pie, pero el Viejo lo retuvo. Traxel se encogió de hombros.
- Demasiado tarde, doctor. - Miró por encima del hombro la aparición de la persona que
agitaba tristemente la cabeza reconociendo su propia magnificencia. - Las tumbas de la
décima dinastía son estupendas. Pero aquí hay algo curioso.
Todavía la contemplaba pensativo un minuto más tarde, cuando Bridges salió.
- ¡Caramba, esto era un disparate, Traxel! Por un segundo pensé que era falsa. -
Tendió las tres cajas a Traxel, que las sopesó tomando dos en una mano, la tercera en
la otra. Bridges preguntó: - Eso sí que es luz, ¿no?
Traxel empezó a abrirlas con una llave inglesa.
- ¿Está seguro de que no hay más ahí?
- Segurísimo. Eche usted mismo un vistazo.
Dos de las cajas estaban vacías; faltaban los carretes de cinta. En la tercera había una
cinta corta, de tres pulgadas de ancho. Bridges vociferó dolorido:
- ¡Ese mocoso nos ha robado! ¡No puedo creerlo!
Traxel lo apartó y se acercó al Viejo que miraba a la figura, ahora vacilante. Los dos
hombres cambiaron una mirada y luego menearon lentamente la cabeza, asintiendo.
Con una especie de carcajada Traxel dio un puntapié a la lata que contenía el medio
carrete de cinta, haciéndolo saltar a la arena donde empezó a desenrollarse en el aire
lento. Bridges protestó, pero Traxel meneó la cabeza.
- Es todo falso. Vaya a mirar de cerca la imagen. - Bridges se volvió, desconcertado, y
Traxel explicó: - La mujer ya estaba muerta cuando se grabaron las matrices. Es
hermosa, de acuerdo, como descubrió el pobre Shepley, pero todo pasa literalmente al
nivel de la piel. Por eso hay sólo una lata de datos. No hay sistema nervioso ni
musculatura, ni órganos internos; sólo una hermosa cáscara dorada. Esta es una tumba
mortuoria. Si usted la resucita, no tendrá más que un cadáver helado entre las manos.
- ¿Por qué? - chilló Bridges -. ¿Qué sentido tiene?
Traxel hizo un amplio ademán.
- Es un cierto tipo de inmortalidad. Quizá la mujer murió de pronto, y esto era lo mejor
que se podía hacer. Cuando el doctor llegó aquí por primera vez había una cantidad de
tumbas mortuorias de niños. Si mal no recuerdo, tenía fama de dejarlas siempre
intactas. Un ejemplo típico de sentimentalismo de intelectual: dar la inmortalidad sólo a
los muertos. ¿No es cierto, doctor?
Antes de que el Viejo pudiera contestar, una voz gritó desde abajo; un cohete señalador
subió silbando, y una estrella de color rojo vivo estalló sobre el lago, echándoles encima
unos fragmentos incandescentes. Traxel y Bridges dieron un salto adelante, vieron a
dos hombres en un vehículo, que los señalaban, y otros tres vehículos que convergían
a través del lago, a un kilómetro de distancia.
- ¡Los guardianes del tiempos - gritó Traxel. Bridges levantó la valija de herramientas y
los dos hombres cruzaron corriendo la rampa hacia el vehículo, mientras el Viejo
cojeaba detrás. Se volvió a esperar a Shepley, que seguía sentado en el suelo, donde
había caído, mirando a la imagen dentro del pabellón.
- ¡Shepley! ¡Venga, muchacho, dése prisa! ¡Le darán diez años!
Shepley no respondió, y el Viejo llegó junto al vehículo en el momento en que Traxel lo
ponía hábilmente en marcha atrás para sacarlo del montón de arena, dejando que
Bridges lo subiera a bordo.
- ¡Shepley! - le gritó de nuevo. Traxel vaciló, y el vehículo se alejó bramando mientras
estallaba un segundo cohete.
Shepley trató de alcanzar la cinta, pero los pies de los otros hombres la habían dañado
en varios puntos, y los cabos sueltos que había pensado en tratar de insertar de nuevo
en el proyector se agitaban ahora sobre la arena. Desde abajo llegaban los ruidos de la
huida y la persecución. Se oyó el chasquido de advertencia de un rifle, y los motores
aullaron y se precipitaron mientras Traxel esquivaba a los guardianes del tiempo.
Shepley mantenía aún los ojos clavados en la imagen que aparecía dentro de la tumba.
Ya había empezado a fragmentarse, desvaneciéndose contra la luz del sol naciente.
Shepley se puso lentamente de pie, entró en la tumba y cerró las puertas desvencijadas.
Todavía magnífica en su ataúd, la maga yacía entre las grandes alas. Inmóvil durante
tanto tiempo, al fin había adquirido la energía de la vida, y un ritmo sincopado y
espasmódico le recorría todo el cuerpo.
Las alas se sacudían con dificultad y una serie de vibraciones perturbaban la base del
catafalco, de modo que los pies de la mujer bailaban un minuet exquisitamente
estremecidos, y los dedos apuntaban aquí y allá con una velocidad infatigable. Más
arriba, los muslos amplios y suaves se apretaban en un tango vistoso y falso.
Shepley miró hasta que sólo quedó la cara de la mujer, algunas huellas inconexas de
las alas y el catafalco vibrando débilmente en la oscuridad; luego salió de la tumba.
Los guardianes del tiempo estaban esperándolo, afuera a la luz de la mañana, las
manos en jarras, vestidos de blanco. Uno sostenía las cajas vacías, empujando con el
pie los cabos revoloteantes de cinta.
El otro tomó a Shepley del brazo y lo llevó hasta el vehículo.
- De la banda de Traxel - dijo al conductor -. Este ha de ser un recluta nuevo. - Echó
una fría mirada a la boca ensangrentada de Shepley. - Parecería que han estado
peleando por los restos.
El conductor señaló las tres cajas.
- ¿Abiertas?
El hombre que las llevaba asintió.
- Las tres. Y eran de la décima dinastía. - Sujetó las muñecas de Shepley al tablero. -
Mala suerte, muchacho, te darán diez años. Parecerán diez mil.
- A menos que fuera falsa - añadió el conductor, mirando a Shepley con cierta simpatía
-. Sabes, una de esas extrañas tumbas mortuorias.
Shepley endureció la boca magullada.
- No era falsa - dijo con firmeza.
El conductor echó una mirada de advertencia a los otros guardianes.
- ¿Y esa cinta que vuela allá arriba?
Shepley miró la tumba que chisporroteaba débilmente debajo del acantilado, ya casi
apagada.
- Es sólo la persona - dijo -. La piel hueca.
Cuando el motor arrancó, oyó los tres tambores vacíos que golpeaban el piso detrás del
asiento.
FIN

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